Hay dominicales que no caben en el calendario porque rebosan palabrería organizada y eternidad. Jornadas en las que la liturgia no parece transcurrir sobre el tiempo de los hombres, sino sobre un pliegue invisible del Paraíso. Y éste, Domingo de Pentecostés, coincide providencialmente con la festividad de María Auxiliadora, como si el mismo cielo hubiese querido entrelazar el fuego del Espíritu Santo con el regazo maternal de la Virgen que auxilia, consuela y conduce.
Sevilla —o cualquier reino que conserve aún el privilegio de mirar al cielo sin avergonzarse de ello— amanece distinta cuando Pentecostés desciende sobre las espadañas. Las campanas no redoblan: respiran. Los cirios no arden: anuncian. Y el aire mismo parece impregnado de esa fragancia antigua de incienso y azahar tardío que tanto se parece a la nostalgia de Dios.
Pentecostés no es únicamente la memoria del Espíritu Santo descendiendo sobre los Apóstoles. No. Pentecostés es el momento exacto en el que el miedo se convirtió en valentía, el silencio en vocablo izado y la dubitativa sentencia en anuncio. Es la calenda en que aquellos hombres encerrados por temor descubrieron que el Evangelio no se escribió para esconderlo entre muros, sino para lanzarlo al mundo como quien arroja luz sobre la nocturnidad.
Y en medio de aquel Cenáculo estaba Ella. Siempre Ella.
La Virgen callada, serena, maternal, sosteniendo con sus ojos el temblor de la Iglesia naciente. María no necesitó hablar en Pentecostés porque ya llevaba dentro la gramática del Altísimo desde aquella tarde imposible de Nazaret. Mientras las lenguas de fuego descendían sobre los discípulos, seguramente el corazón de María latía en tonalidades rosáceas y celestiales, con esa paz vetusta de quien sabe que el Espíritu Santo no llega jamás haciendo estruendo al alma que vive permanentemente abierta a Él.
Por eso resulta tan providencial que hoy también sea María Auxiliadora.
