Manuscrito de un Rey a la Mirada Recuperada de la Esperanza

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Hubo una noche, no ha mucho, en que el sueño, que tantas veces es bálsamo para las fatigas del alma, se tornó para este Rey Santo en oscura tribulación. Hace ahora una anualidad que mis párpados, que no los de Ella, rendidos al descanso, se vieron asaltados por una visión tan extraña como dolorosa; una de esas quimeras nocturnas que parecen arrancadas de los más recónditos temores de un pueblo entero.

Soñé que Sevilla despertaba sobresaltada.

Soñé que la Esperanza, aquella que durante centurias pretéritas había sostenido las plegarias de generaciones enteras, aquella cuya mirada había atravesado la temporalidad puntual y ancestral como una saeta silenciosa de consuelo, ya no poseía los ojos que nuestros mayores contemplaron entre lágrimas. La oteé distinta. La oteé extraña. La sentí extraña. La vi como si un velo invisible hubiese alterado aquel lenguaje mudo con el que tantas almas encontraron refugio en las horas de aflicción.

Y fue entonces cuando sentí el desasosiego de los viejos reinos cuando tiemblan sus cimientos.

Porque no son simples ojos los de la Santísima Virgen de la Esperanza Macarena. Son memoria viva. Son el reflejo de incontables amaneceres de Viernes Santo. Son el último horizonte de quienes acudieron a Ella buscando amparo cuando la enfermedad llamaba a las puertas, cuando la pobreza se sentaba a la mesa o cuando la muerte rondaba los hogares. En aquella mirada descansan los suspiros de nuestros mayores y las promesas de nuestros padres; en ella se reconocen la totalidad de los infantes: hijos y nietos de una Sevilla que aprendió a rezar pronunciando su nombre.

Recuerdo, dentro de aquel sueño, el rumor inquieto de las plazas, la preocupación de los corazones y la sensación amarga de haber perdido algo que pertenecía no sólo a una imagen sagrada, sino al patrimonio sentimental de todo un pueblo.

Mas quiso la Providencia que aquello no fuera sino una sombra pasajera.

Y he aquí que, al despertar, comprendí que la pesadilla había terminado.

La Esperanza seguía siendo la Esperanza.

Su mirada continuaba derramando la misma dulzura serena que cautivó a generaciones enteras. Seguían allí aquellos ojos donde cabe Sevilla entera; aquellos ojos que conocen el lenguaje de las lágrimas y la gramática secreta de la fe; aquellos ojos ante los cuales los poderosos se sienten pequeños y los humildes encuentran grandeza.

Hoy, cuando se cumple un año de aquel amargo sobresalto que pareció sacudir el corazón macareno, este Rey Santo contempla con gratitud cómo todo quedó reducido a la inconsistencia de los malos sueños. Como la niebla que se desvanece cuando el sol de la mañana besa las almenas de la ciudad. Como el eco de una tormenta que nunca llegó a descargar sobre los campos.

Y Sevilla, que tanto la ama, puede seguir mirándose en sus pupilas como quien se contempla en el espejo de su propia historia.

Porque hay miradas que pertenecen al tiempo y hay otras que pertenecen a la eternidad. La de la Macarena, para fortuna de sus hijos, es de estas últimas.

Sean felices.

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