Hooliganismo en la música cofrade

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“Como bufa el corneta… Tá to guapo tío”, “vaya concierto tá dando la banda de la cruz de guía, como lo peta”, “los vellos pá corgá llave”… Son algunas de las exclamaciones que no hemos dejado de escuchar en algunas procesiones por parte de un cierto sector del público que asiste a ellos.

Esos ‘kofrades’ con k de kilo dejan en último plano la imagen que hace su salida y les dan una importancia extrema los sones de su banda favorita. Incluso lo trasladan a las redes sociales, llegando a tal ultranza su defensa que desprestigian a otras formaciones, a veces de la forma más soez posible, convirtiéndose en auténticos hooligans.

Sabemos que estos colectivos surgieron a partir de los 90’s, coincidiendo con el crecimiento de muchas de las bandas, en especial las de cornetas y tambores y las agrupaciones musicales, cuando comenzaron a realizar una producción de marchas procesionales bastante extensa, aunque la mayoría, ya sea por falta de calidad, porque ya no acompañan a la imagen de la que está dedicada, por conflictos con el compositor o simplemente por no ser pedida por las hermandades, quedaron guardadas finalmente en el cajón en pocos años.

Su evolución ha ido de la mano con las nuevas tecnologías. Desde las grabaciones delante de las bandas con grabadoras de cintas de casette a los móviles de 4G, pasando por los MP3; o de dar su opinión absolutista y enaltecida sobre ella y desprestigiando a otras en una barra de bar con los amigotes a hacerlo en foros, páginas o en la red del pajarito azul a través de un perfil anónimo, con sobredosis de cuñadismo, por cierto.

Evidentemente, para realizar un análisis de este fenómeno, habría que partir de una base fundamental, y que a la vez resulta una obviedad. Cuando una corporación realiza una salida procesional con sus titulares, hacen una manifestación pública de fe. Lo importante no es lo que va delante, ni debajo ni detrás del paso, sino encima de él.

En este sentido, las bandas de música no dejan de ser un mero complemento o acompañamiento en la comitiva, aunque para estos hooligans sean la principal y única, llegándose a convertir en ocasiones en auténticos cangrejeros de bandas, dejando espectáculos para olvidar.

No por ello hay que menospreciar a las formaciones, cuyos músicos destinan parte de su tiempo de ocio o familiar en ensayar con sus instrumentos, algunas por desgracia a pie de calle sin un local, y llevar sus sones allá donde actúen, además de colaborar, y también de organizar, diferentes acciones sociales y caritativas a los más necesitados.

Otra de las principales características de estos hooligans es su marcado carácter ombliguista. Y por desgracia, en Sevilla puede dar fe de ello. Solo valen las bandas que sean de la propia ciudad. Da igual si tocan con mayor o menor calidad interpretativa o compositiva que otras que vienen de fuera, y a éstas a su vez hacerles escarnio público. Solo defenderán las de su gente, y si son además amigotes o conocidos con ciertos intereses más aún. Incluso hasta determinadas instituciones han realizado públicamente declaraciones bastantes desafortunadas en estos últimos días.

Por fortuna, la historia de nuestras hermandades y cofradías no han apuntado en esta dirección. Si de verdad las corporaciones hubieran actuado de esta manera… ¿Se hubiera traído a Sevilla el estilo de bandas de cornetas y tambores provenientes de la del Cuerpo de Bomberos de Málaga? ¿O el de las agrupaciones musicales que llegó de la mano de Santa María Magdalena de Arahal?

¿Se hubieran tocado marchas de compositores como del linarense Alberto Escámez, del turiasonense Pascual Zueco Ramos, del marocho Abel Moreno, del lopereño Pedro Morales, o más recientemente, del ubetense Cristóbal López Gándara, entre otros?

Si se aplicara a otros aspectos del panorama cofrade, como en la artesanía… ¿Hubiéramos tenido obras del alcalaíno Juan Manrtínez Montañés, del cordobés Juan de Mesa, del villacarrillense Andrés de Ocampo, del archidonés Juan de Astorga, de las lebrijanas hermanas Antúnez, del malagueño Cayetano González, o actualmente del motrileño Álvaro Abril o del malagueño Fernando Prini?

Evidentemente que hay que defender nuestras formaciones musicales y más, en las circunstancias actuales que atraviesan con los contratos que están comenzando a resolverse de esta pasada Semana Santa con las cofradías. Pero jamás atacando a las que vienen de fuera de la ciudad y menos aún a las hermandades que han decidido no renovar a unas para contratar a otras, tal y como ha ocurrido en estos últimos tiempos con Paso y Esperanza de Málaga en la Exaltación, el Nazareno de Huelva en el Cerro, la Sentencia de Jerez en los Dolores de Torreblanca, Rosario de Cádiz en la Sed y las Aguas o Pasión de Linares con Santa Genoveva y en estos últimos días con el Carmen.

Son formaciones que no vienen a invadir ni quitar contratos a bandas locales. Vienen a sumar y a enriquecer, con su particular sello, el rico patrimonio musical, no solo de las hermandades contratantes, sino el de la misma Semana Santa de Sevilla.

Nadie va a dudar de la valía y el buen hacer de formaciones como el Sol, Tres Caídas o Virgen de los Reyes, santo y seña de nuestra música cofrade, tal y como hacen en las otras hermandades donde tocan. Pero finalmente, las juntas de gobierno de las entidades son las encargadas de renovar o de contratar otras bandas, previo acuerdo, pensando lo mejor para ellas en el futuro más inmediato.

En definitiva, el respeto debe de prevalecer por encima de todo, tanto a las formaciones musicales, sean del lugar como sean, al igual que de las hermandades que las contratan. Defender a un colectivo jamás debe de ser sinónimo de atacar o desprestigiar a otras.

Por mucho que algunos la quieran convertir en una mera competición liguera, todas y cada una de ellas no se pueden comparar, todas tienen un sello característico. No son ni mejores ni peores, solo diferentes.

Pero sin olvidar, ante todo, que en la Semana Santa se conmemora la Pasión, Muerte y Resurrección de nuestro Señor y no un Live Aid de las bandas. Sobran hooligans y faltan cofrades.

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