La muerte no es el final

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Noviembre entra en Sevilla y la ciudad, de golpe, parece que cambia de paso. Nos quitamos de encima lo que pudiese quedar de aquel veranillo de San Miguel y nos metemos de lleno en ese compás inevitable que marca el mes de los difuntos. Pero que nadie se equivoque pensando que el calendario cofrade se queda en un páramo de silencio y aburrimiento; en Sevilla, el luto y la calle van de la mano de una manera que solo aquí entendemos.

El pistoletazo de salida de este mes tan particular lo pone, por derecho propio, la Virgen del Rosario de Monte-Sión. Su rosario público de cada 1 de noviembre por las calles de su collación es una de esas estampas que huele al mes en el que estamos. Madrugada fresca, a cera gastada, a barrio antiguo y a devoción sin artificios. Ver avanzar el palio, con ese templete sobrio, el rótulo de Regina presidiendo la delantera y los hachones marcando el tranco, y verla detenerse ante las puertas de una residencia de ancianos para que esos abuelos, desde su sillas de ruedas apoyados en la misma solería de la calle, tras una ventana o de pie puedan contemplarla y rezarle en silencio, es de esas estampas que te desarman y explican por sí solas la verdadera dimensión de todo esto. Es la mejor manera de cruzar el dintel hacia un mes donde las tornas cambian por completo en el aire de la ciudad.

Porque es cruzar noviembre y ver cómo los templos se mutan. Se acabó tanto oro brillante, los colores y las «galas». Las hermandades visten a sus dolorosas de luto riguroso, recordándonos que la muerte, tarde o temprano, toca a la puerta de todas las casas y de todas las cofradías. Pero aquí la muerte no tiene la última palabra ni se entiende como un final cerrado. Quiénes tenemos fe sabemos que en el plan de Dios la muerte no es más que un tránsito, el paso previo a esa luz que nunca se apaga y el reencuentro definitivo. El luto en nuestras capillas no tiene desesperanza, es la pausa piadosa de quien sabe que los suyos ya descansan en el regazo del Padre.

Ese consuelo es el que nos sostiene cuando la memoria se nos encoge de manera inevitable al mirar alrededor y ponerle nombres y apellidos al dolor. Es ineludible que este noviembre el pensamiento se nos vaya directo a los que ya no están en los bancos ni en las cofradías terrenales, convirtiendo este rincón en un sincero y obligado homenaje a los míos, con vuestro permiso, es algo que necesito hacer. A mi abuela, que se nos fue en abril dejando el regusto eterno de esa devoción honda y callada de los viernes de Gran Poder, hasta que puedo fue fiel a su cita con el Señor de Sevilla cada semana, con la fe inquebrantable de los que saben encomendarlo todo.

Y de manera muy especial, a la memoria de mi tío Juan, que nos dejó este pasado mes de julio dejando un hueco imposible de llenar. Cofrade de los de verdad, de los que pisan la calle y trabajan sin descanso por los suyos. Fue miembro de junta de mí hermandad de La Estrella, formando parte de aquel equipo que coronó canónicamente a la Virgen de la Estrella con el esfuerzo y la entrega de quién vive por y para su hermandad. Pero por encima de despachos, actas y mayordomías, su gran legado fue el que me dejó a mí en el alma: fue uno de los que me enseñaron a querer a mis Titulares, uno de los que me cogió de la mano para enseñarme a mamar este bendito mundillo, uno de los que sumaron para meterme este veneno que me ha llevado a sentir mi cofradía desde dentro. Su sitio en San Jacinto 41 y su recuerdo en cada tramo de nuestra hermandad, sobre todo en el suyo, en el último de la Virgen, seguirán intactos para siempre. Será eterno diputado de tramo.

Tampoco se me olvida el nudo en la garganta al recordar a tantos otros cofrades que se nos han ido este año de la forma más cruel e inesperada, como aquel hermano del Museo cuya vida se truncó en el trágico accidente de tren. Su ausencia, como la de tantos otros costaleros, priostes, nazarenos de filas eternas o simples devotos que hacían grande el día a día de nuestras corporaciones, deja un vacío imposible de rellenar en la tierra pero la certeza de que ya forman parte de esa nómina que vela por nosotros desde arriba.

Pero la vida sigue exigiendo su cuota de calle y belleza y el calendario nos reserva para el próximo sábado, día 8, un doble epílogo de esos que te hacen entender por qué Sevilla es Sevilla. La coincidencia en el tiempo de la Reina de Todos los Santos y la Virgen del Amparo es, para mí, el broche de oro perfecto para cerrar el ciclo de las glorias de Sevilla (con todo mi respeto a lo que aún queda).

Por un lado, la devoción castiza y honda de Omnium Sanctorum con la Reina de Todos los Santos, sabor a cofradía antigua y aroma de barrio auténtico. Por el otro, la elegancia soberbia de la Virgen del Amparo saliendo de la Magdalena con ese cortejo impecable y sabor dieciochesco que domina como pocos la puesta en escena. Y por si fuera poco, con el añadido histórico de que ese mismo día será coronada canónicamente en su propio templo, marcando un hito imborrable en la historia reciente de la hermandad sevillana.

Dos formas de entender la devoción de gloria que actúan como colofón perfecto y medido de este tramo del año. Aunque, todo hay que decirlo, esto no deja de ser una opinión muy personal, que luego ya sabemos que hay haters simpáticos que se te tiran al cuello.

Noviembre avanzará recordándonos de dónde venimos, quiénes faltan en la bancada y hacia dónde caminamos de la mano de Dios.

A mi abuela, a mi tío Juan y a todos los que nos enseñaron a creer. Descansen en paz y brille para ellos la luz perpetua.

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