Llegado el mes de noviembre, Sevilla vuelve a enfrentarse a una de esas singulares contradicciones de los tiempos modernos: mientras nuestras calles se pueblan de calabazas, esqueletos, telarañas y criaturas de dudoso gusto estético, la Iglesia nos invita a celebrar la solemnidad de Todos los Santos, una festividad que, a diferencia de ciertas modas importadas, no necesita disfraces para recordarnos la grandeza del espíritu humano.
No seré yo, Fernando, Rey y Santo, quien pretenda prohibir diversión alguna. Cada cual posee la absoluta libertad de disfrazarse de fantasma, brujo o criatura salida de las pesadillas de algún mercader norteamericano. Pero sí resulta llamativo que una sociedad capaz de organizar con entusiasmo semejante despliegue de artificios parezca mostrar tanta indiferencia ante una celebración que forma parte de sus propias raíces culturales y religiosas.
Y, entretanto, uno contempla el panorama cofrade sevillano y descubre que el problema quizá sea bastante más profundo que unas cuantas calabazas.
Resulta cuanto menos curioso observar cómo algunos se apresuran a defender nuestras tradiciones cuando sienten amenazado el calendario cofrade, pero olvidan con extraordinaria facilidad el significado de aquello que exaltan venerar.
Inundan sus bocas de Semana Santa, se proclama el amor incondicional a los titulares, se exhiben con ridícula soberbia medallas y se promulgan discursos inflamados sobre la identidad cristiana de nuestras hermandades. Mas, llegado el momento de practicar la caridad, la humildad, el perdón o la fraternidad, parece que algunos han extraviado el Evangelio entre los terciopelos de sus insignias.
¡Qué prodigiosa habilidad para defender la estética de la fe y desatender su contenido!
Hay quienes se escandalizan ante una calabaza en un escaparate, pero no sienten rubor alguno al alimentar rencillas dentro de su propia hermandad. Quienes censuran las costumbres ajenas mientras convierten la casa de hermandad en escenario de vanidades, ambiciones y pequeñas guerras de poder.
Y es que, señores míos, no basta con llevar una medalla al cuello para tener el corazón cerca de Cristo.
La festividad de Todos los Santos nos recuerda que la santidad no es una representación teatral ni una cuestión de apariencias. Es una forma de vivir: servir sin esperar reconocimiento, perdonar sin llevar la cuenta, ayudar sin fotografiar la limosna y amar al prójimo incluso cuando no comparte nuestras opiniones.
Quizá convendría que algunas hermandades dedicasen menos tiempo a discutir sobre quién ocupa determinado lugar en un cortejo y algo más a preguntarse si están cumpliendo verdaderamente su misión cristiana.
Porque de poco sirve procesionar con solemnidad por las calles de Sevilla si, al regresar al templo, dejamos olvidadas la misericordia y la concordia.
Yo, Fernando III, Reconquistador de Sevilla gracias a Ella, Madre Celestial, que tanto empeño puse en esta ciudad y en su fe, no puedo sino recordar que los santos que hoy veneramos no alcanzaron la gloria por lucir insignias, ocupar cargos o recibir aplausos. La alcanzaron mediante una vida entregada a Dios y a los demás.
No confundamos, pues, la defensa de nuestras tradiciones con la defensa de nuestras comodidades. La cultura cristiana merece ser preservada, explicada y transmitida, pero su mejor defensa no consiste en señalar al que celebra Halloween, sino en demostrar que nuestra propia celebración de Todos los Santos tiene un significado mucho más profundo.
Y a nuestras hermandades les corresponde una responsabilidad todavía mayor: ser testimonio de aquello que proclaman.
Que haya menos cofrades de escaparate y más cristianos de verdad; menos vanidad bajo el antifaz y más humildad bajo la túnica; menos disputas por el poder y más servicio al hermano.
Porque, al fin y al cabo, las calabazas se marchitan, los disfraces se guardan y las luces de Halloween terminan apagándose, pero la santidad, esa que tanto nos cuesta practicar, no pasa de moda.
Y si hemos de disfrazarnos de algo, que no sea de buenos cristianos: procuremos serlo.
Sean felices y cuídense de fantasmas y alguna que otra bruja.
