Hay noches en que Sevilla se contempla a sí misma en el espejo y parece preguntarse si sigue siendo una ciudad o si, por ventura, ha decidido convertirse definitivamente en un escaparate.
La pasada semana me asomé desde mi eterno observatorio catedralicio y descubrí, no sin cierta perplejidad, que la Plaza Virgen de los Reyes —esa plaza que durante siglos ha conocido procesiones, novenas, turistas, campanas, incienso, devociones e incluso sevillanos— había sido transformada, por una noche, en comedor de gala.
Mesas.
Manteles.
Focos.
Catering.
Y, naturalmente, esmoquin. Mucho esmoquin.
Porque ya se sabe que hay acontecimientos en Sevilla en los que una solapa sin su correspondiente flor o condecoración parece quedar huérfana de argumento.
La ocasión era el vigésimo aniversario de los Premios de la revista Escaparate, con centenares de invitados y numerosas personalidades de la vida social, cultural y política sevillana. La cena ocupó la plaza Virgen de los Reyes, a los pies de la Giralda, durante buena parte de la jornada.
Y yo, que conquisté Sevilla en 1248, no pude evitar cierta nostalgia.
Qué poco hemos cambiado y cuánto hemos cambiado.
En mis tiempos, cuando casi todo “esto” era campo, para cerrar una plaza hacía falta un ejército. Ahora basta con organizar una cena.
No quisiera yo, Fernando, Rey Santo por la gracia del Altísimo, naturalmente, perturbar la digestión de tan ilustres comensales. Dios me libre de semejante hazaña. Pero uno, con Lobera reposando enfundada en su vaina, se cuestiona si la grandeza de Sevilla necesita que sus espacios más venerables se conviertan ocasionalmente en decorado de acontecimientos privados para otros vainas.
La Casa Consistorial, con su edil al frente ha defendido que la autorización se ajustó a la legalidad y que existieron informes técnicos y jurídicos; mientras tanto, se han solicitado los expedientes para conocer exactamente las condiciones en que se produjo la ocupación. Parafernalia, papeleos y pergaminos “oxidados”, tanto como las excusas.
Y ahí está, quizá, la cuestión verdaderamente interesante. No si la cena fue magnífica, estoy en la certeza plena de ello. No si el menú estaba a la altura de La Giralda. Espero que, al menos, las croquetas cumplieran.
La pregunta es otra:
¿hasta dónde puede llegar la utilización privada de aquello que pertenece sentimentalmente a todos?
Porque la Plaza Virgen de los Reyes no es una terraza con vistas a la Giralda. Es un lugar de memoria.
Por allí ha pasado Sevilla rezando. Por allí han pasado penitentes, hermandades, autoridades, turistas y generaciones enteras de sevillanos.
Allí resuenan las campanas de la Catedral y comienza, tantas veces, ese diálogo antiguo entre la ciudad y la fe.
Y, sin embargo, durante unas horas, hubo quienes contemplaron la Giralda desde una mesa reservada mientras otros la contemplaban desde fuera.
Qué extraordinaria manera de democratizar el patrimonio: unos cenan dentro y los demás, sevillanos todos, miran desde fuera.
No me acuséis de severidad, que ya sabéis que los santos también tenemos sentido del humor.
Simplemente recuerdo que Sevilla no fue conquistada para convertirse en un decorado, ni por este Rey Santo que hoy versa incrédulo, ni por las centurias pasadas, ni por quienes levantaron sus templos.
Sevilla pertenece a quienes la habitan, la caminan, la rezan, la padecen y la celebran.
Y si algún día vuelvo a ver desde mi pedestal otra cena semejante, prometo no enfadarme.
Me limitaré a mirar hacia la Giralda y decir:
«Qué hermosa está Sevilla esta noche… lástima que haya que pedir invitación para contemplarla».
