Hay asuntos que, aun después de ocho centurias contemplando Sevilla desde mi silenciosa urna catedráticos, continúan sorprendiendo a este Rey Santo que os versa.
Uno de ellos es la ferocidad con que los sevillanos discutís por las bandas de música.
En mis tiempos, allá por la segunda cuantificación de la centuria decimotercera, las discrepancias se resolvían con argumentos algo más contundentes —espadas, lanzas y algún que otro asedio—, pero hoy descubro anonadado, con no poca estupefacción, que habéis perfeccionado el arte de la contienda: ahora las batallas se libran desde un teléfono móvil.
Y todo por una banda.
El Evangelio de hoy nos ofrece, sin embargo, una enseñanza que acaso convendría aplicar también a nuestras querellas cofrades. Cristo nos exhorta a corregir al hermano con discreción, a buscar el entendimiento y, sobre todo, nos recuerda:
“Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.
No dice Cristo qué banda debe sonar. Ni qué marcha. Ni qué estilo. Dice únicamente: en mi nombre. Y eso debería bastarnos.
Una corneta, un tambor, un clarinete, un violín o el más humilde de los instrumentos pueden convertirse en plegaria cuando quien los ejecuta lo hace con dignidad, sacrificio y devoción.
No olvidemos, sevillanos, que la música no es el destinatario de la procesión: es su sierva.
Puede cambiar la formación musical, puede mudar el repertorio, puede variar el estilo. Lo que no debería mudar jamás es aquello que camina delante de ella: Cristo.
En 1248, cuando mis hombres contemplaban las murallas de Sevilla, no les pregunté qué música preferían para entrar en la ciudad. Les pedí unidad, disciplina y fe. Hoy os pediría exactamente lo mismo.
No hace falta que os guste cada banda. No hace falta que os emocione cada marcha. Pero sí hace falta algo mucho más cristiano: respetar a quien, como vosotros, camina detrás del Señor.
Porque quizá mientras nosotros discutimos en las redes sobre qué banda «pega» o «no pega» con un misterio, Cristo continúa pasando delante de nosotros, cargando con su Cruz.
Y sospecho que al Señor le preocupa bastante más cómo nos comportamos detrás de Él que qué música suena a sus espaldas.
Así pues, tocad, músicos. Tocad con arte. Tocad con respeto. Tocad con fe.
Y vosotros, sevillanos, escuchad sin convertir cada cambio de banda en una nueva Reconquista.
Que Sevilla ya fue conquistada una vez. No vaya a ser que ahora tengamos que reconquistarla de nosotros mismos.
Sean felices y les suplico que ahí lo muestren y lo demuestren.
