Hay movimientos en el tablero cofrade que te dejan, como poco, arqueando una ceja. La decisión de la Junta de Gobierno de la Hermandad de la Trinidad de prescindir del acompañamiento musical de Las Cigarreras tras el paso del Sagrado Decreto de cara al Sábado Santo de 2027 y colocar en su lugar a la Agrupación Musical Virgen de los Reyes ha levantado una polvareda monumental. Y voy a ir de frente desde el minuto uno: a mí, en lo personal, es un cambio que ni me gusta ni le encuentro la puñetera lógica.
Para gustos están los colores y, por supuesto, la música. Pero las cosas como son, Las Cigarreras no es una formación cualquiera; a título personal es, objetivamente, el top 1 de las cornetas y tambores. Sustituir esa categoría indiscutible tras casi tres décadas de unión para dar un giro de 180 grados en el estilo musical es una maniobra, cuanto menos, arriesgada. Cierto es que en la corporación se escudan ahora recordando que a mediados de los noventa el misterio salía con agrupación musical; un argumento muy respetable para salir del paso, aunque aquel experimento no durase ni tres años antes de sucumbir al sentido común y buscar la corneta de primera división.
Ahora bien, no se trata de disparar a quemarropa contra Virgen de los Reyes. La formación está haciendo las cosas bien: suena afinadita, potente, con buena calidad y acumulando firmas en la agenda hasta situarse como la agrupación con más presencia en nuestra Semana Mayor. De hecho, están recuperando ese tirón histórico de antaño y volviendo a convertirse en ese auténtico «fenómeno» de masas.
Y ahí es justo donde me chirría la tuerca, porque lo que me horripila es, precisamente, el concepto de «fenómeno». Es ese friquismo desatado que igual le salpica a Virgen de los Reyes que a Rosario de Cádiz o a Tres Caídas de Triana. Hablo de esa marea de gente que se pasa dos horas y media de pie en una esquina no para ver al Señor, sino para cazar una marcha concreta; esa fauna que camina de espaldas al paso con el brazo en alto grabando a la banda con el móvil o que rompe a aplaudir a los músicos como si aquello fuera un concierto de rock en la Maestranza, olvidándose por completo del misterio que va arriba. Un circo.
Pero volviendo a la trastienda de los despachos. Una cosa es el rendimiento en la calle y otra muy distinta cómo se cuecen las cosas por abajo. En el universo de las bandas, los martillos y los contratos, nadie se mama el dedo. La historia cofrade está llena de favores cruzados, de acuerdos de pasillo, de «quid pro quo» y de ese eterno «¿qué hay de lo mío?» que arregla más contratos que la propia calidad musical, que no digo por supuesto que sea el caso, pesando a veces bastante más en una junta de gobierno que el propio criterio artístico.
Ahora bien, una cosa es criticar la decisión con conocimiento de causa y otra muy distinta el esperpento que hemos presenciado en cuanto la noticia saltó a la luz. Porque en esta ciudad, en cuanto a alguien no le cuadra un contrato, a la gente se le va la cabeza a unos niveles preocupantes.
Basta asomarse a la plaza pública de X para comprobar cómo la masa ha reaccionado al anuncio oficial de la hermandad. Resulta revelador que la noticia del cambio supere con creces las trescientas mil visualizaciones, aplastando en interés a cualquier publicación sobre patrimonio, cultos o caridad.
Ya sabemos dónde tiene puesta la cabeza más de uno. Pero el bochorno gordo vino en los comentarios.
En cuanto la hermandad publicó un mensaje de sincero agradecimiento a Las Cigarreras tras 28 años de trayectoria impecable y de historia compartida, saltó la jauría a la yugular. Es verdad que era la primera vez en casi medio siglo que a esta banda la sustituían en un paso sevillano sin ser ellas las que tomaban la puertay la sorpresa estaba servida. Lo que no es ni medio normal es la riada de bilis: calificativos de «mamarrachos», «inútiles», «sinvergüenzas», acusaciones de traición dignas de Judas y gente mandando a los oficiales «al carajo» sin el menor empacho.
Es entre desternillante y deplorable observar a esta patrulla de «fiscales del teclado». Tipos que, protegidos tras un avatar anónimo o la foto de una cartela, se sienten investidos de autoridad moral para soltar exabruptos de barra de bar a las tres de la mañana.
Que a muchos no nos encaje la decisión de sustituir una banda no otorga patente de corso a nadie para montar un linchamiento público. A la gente se le va la puñetera olla a unos niveles que asustan y dan miedo.
Se nos llena la boca presumiendo de señorío, fraternidad y finura hispalense pero tardamos exactamente tres segundos en perder los papeles por un contrato musical. Sevilla siempre ha tenido guasa, guasa fina y con guasa del taco, pero esta chabacanería ni tiene gracia ni guarda la menor categoría.
Quienes hoy insultan por la pantalla no defienden mejor a su banda ni entienden absolutamente nada de Semana Santa. Solo demuestran que les vendría bien salir a que les dé un poco el aire antes de acariciar el teclado.
