En la anualidad del Señor de dos mil veintiséis, cuando los reinos de la Tierra volvieron a congregarse bajo la enseña del esférico mundo dorado y cuando patrias y naciones enviaron a sus más ilustres caballeros a la liza mundial, llegó el día señalado en que los hijos de España habrían de medirse con los antiguos vecinos del norte, aquellos a quienes en nuestras crónicas llamamos gabachos, en una batalla donde no se disputarían castillos ni fronteras, sino la gloria eterna escrita sobre el pergamino de la Historia, allá en el Nuevo Mundo donde los Gigantes son rascacielos.
Y al contemplar desde mi celestial atalaya el despertar de mis huestes, recordé otros tiempos en los que España y Francia cruzaron sus aceros en campos muy distintos. Recordé que ya en Roncesvalles los francos aprendieron que las montañas hispanas no eran fáciles de conquistar; recordé las jornadas de Lepanto, donde hombres de España quebraron el orgullo de quienes parecían invencibles; recordé las campañas de nuestros reyes, donde la perseverancia y el valor terminaron inclinando la balanza de la fortuna.
Mas también acudieron a mi memoria tiempos recientes, donde la gloria volvió a vestir de rojo y gualda. Recordé aquella noche de Viena, cuando nuestros caballeros del césped levantaron la primera gran corona continental después de décadas de espera; recordé el año glorioso de Sudáfrica, cuando una generación de guerreros españoles conquistó el orbe entero con la nobleza de su juego; recordé cómo, frente a los franceses, la selección española supo imponer su ley en aquella final europea de 1984 y cómo, en innumerables encuentros, el ingenio hispano encontró la manera de superar la fortaleza gala.
Y así, cuando llegó la hora de la batalla del Mundial de 2026, hice sonar las trompetas de mi antiguo alcázar. No eran trompetas de guerra, sino de esperanza. Llamé a mis capitanes y les dije:
«No vais a combatir solamente contra once hombres que visten otro color. Vais a enfrentaros contra siglos de rivalidad, contra la memoria de dos pueblos que tantas veces cruzaron sus destinos. Recordad que España no vence por la fuerza bruta, sino por la inteligencia, la paciencia, la grandeza de espíritu y el gol».
Entonces ordené desplegar mis tropas sobre el campo. En la vanguardia coloqué a los jóvenes guerreros del toque preciso, aquellos que convierten cada pase en una sentencia y cada movimiento en una obra de arte. En el centro dispuse a los estrategas, hombres capaces de leer el combate antes incluso de que acontezca. Y en la retaguardia, guardianes firmes como las murallas de Sevilla, preparados para detener cualquier acometida del enemigo.
Francia acudirá con su orgullo habitual, lanzas asaeteadas de velocidad comparable al rayo, heredera de grandes campañas y de campeones que ya habían escrito páginas gloriosas. Pero España acudirá con algo más antiguo: acudió con la memoria de sus pueblos, con la voz de sus plazas, con el eco de sus catedrales y con el espíritu de quienes durante siglos defendieron que ninguna empresa es imposible cuando el corazón permanece firme.
Cada pase español será como una flecha lanzada desde un castillo medieval. Cada recuperación, como una plaza reconquistada. Cada ocasión de gol, como una puerta enemiga que comenzaba a ceder ante el empuje de mis huestes.
Y cuando la batalla alcance su instante decisivo, alzaré mi espada y pronunciaré aquellas palabras que tantas veces acompañaron mis campañas:
«¡España no busca enemigos, busca gloria! ¡España no conquista tierras, conquista recuerdos!».
Porque no es solamente una semifinal. Es un capítulo más de una larga crónica donde dos naciones acostumbradas a mirarse frente a frente volverán a encontrarse. Será un duelo entre la memoria y el futuro, entre la tradición y la juventud, entre dos formas de entender la grandeza.
Y si la fortuna sonríe a mis tropas, el mundo habría de contemplar una nueva reconquista: no de territorios, sino de un sueño. La reconquista del Mundial, ese santo grial deportivo que vuelve a buscar España con la misma determinación con la que antaño sus reyes persiguieron sus más altas empresas.
Que quede escrito en los libros: cuando España y Francia se encuentran, no se juega solamente un partido. Se abre un pergamino antiguo donde cada generación escribe su propia gesta.
Y que en la venidera noche, mis caballeros del balón volverán a recordar al mundo que España jamás teme a la historia… porque forma parte de ella.
