Dicen los hombres de esta centuria presente que el mundo entero detiene su pulso cuando rueda el esférico sobre la verdosa grama de un Mundial. Yo, Fernando, Rey, Santo reconquistador y futbolero, que contemplé otros campos donde no se disputaban trofeos sino destinos, hallo en tal fervor un eco no tan distante de aquello que cada primavera acontece en Sevilla, cuando la ciudad muda su respiración al compás de un paso solemne.
Porque también existe en el fútbol una suerte de estación penitencial. Hay silencios que preceden al estruendo, miradas que buscan el milagro, multitudes que contienen el aliento y un pueblo entero que deposita su esperanza en los hombros de unos pocos elegidos.
Ved, si no, cómo el joven Lamine Yamal avanza entre adversarios con la misma naturalidad con la que un ángel parecería abrirse paso entre la muchedumbre. No corre; parece deslizarse, como si conociera senderos invisibles vedados al resto de los mortales.
Y contemplad a Pedri, cuya inteligencia gobierna el juego sin necesidad de levantar la voz, cual aquel veterano diputado de tramo que, con apenas un gesto discreto, logra que centenares de almas marchen acompasadas, ignorando muchos que el verdadero orden nace de quien jamás busca el protagonismo.
No menos admirable resulta Rodri, cuyo temple parece desafiar las leyes del temblor humano. Hay hombres destinados a aparecer únicamente cuando el instante exige una respuesta que no admite demora; semejantes a quienes, bajo un antifaz o tras un llamador, sostienen con serenidad el peso de lo irrepetible.
Y qué decir de Oyarzabal, imprevisible como el viento que dobla una candelería sin llegar a apagar la llama. Nadie acierta a prever el rumbo de su inspiración, mas cuando ésta desciende sobre él, hasta el más incrédulo comprende que existen dones cuya explicación pertenece únicamente al Cielo.
Entretanto, Cucurella recorre la banda con la constancia del servidor incansable; de aquellos cuya entrega jamás reclama aplauso, porque entienden que la verdadera grandeza consiste en llegar siempre donde otros desfallecen.
Y aparece entonces Laporte, cuya experiencia recuerda a esos rostros curtidos por innumerables madrugadas, conocedores de que la gloria rara vez se concede al primero que la ansía, sino al último que persevera.
Mas no se engañe nadie. Ni los estadios son templos, ni los campeones alcanzan eternidad por levantar una copa. Las victorias deportivas conocen el polvo del olvido con una rapidez que espantaría al más soberbio de los reyes. Mañana otro torneo reclamará nuevos héroes, y los nombres de hoy serán apenas un eco en las conversaciones de las tabernas.
En Sevilla sucede lo contrario.
Aquí las multitudes no aguardan el pitido inicial, sino el primer golpe de un llamador. No visten bufandas, sino recuerdos heredados de quienes les precedieron. No aclaman una hazaña efímera, sino una belleza que desafía el tiempo generación tras generación.
Y acaso por ello oteo al otro lateral del “charco” y a este Mundial con benevolencia, pues descubro en él un reflejo imperfecto de algo mucho más antiguo: la necesidad del hombre de reunirse, de emocionarse al unísono y de creer que, por unos instantes, la esperanza puede tomar forma visible.
El balón terminará por detenerse. La primavera, en cambio, volverá siempre a Sevilla. Y con ella regresará esa liturgia que ningún campeonato podrá jamás conquistar, porque hay coronas que se alzan sobre el césped… y otras que florecen, silenciosas e inmortales, entre la cera, el incienso y la memoria de un pueblo.
Sean felices
