¡Oh Sevilla, perla engastada en el corazón de Andalucía, jardín de piedra, cal y memoria, a quien ni el rigor de los astros osa arrebatar la hermosura!
Cuando junio avanza con paso firme y el verano despliega sobre tus azoteas y tejados su manto abrasador, pareciera que el cielo entero hubiese descendido para probar la fortaleza de quienes habitan tus calles. El aire se vuelve espeso como incienso suspendido en una nave catedralicia; las plazas dormitadas buscan refugio en las horas quietas de la tarde; y hasta las campanas, que tantas veces han dialogado con el viento, parecen sonar con un compás más pausado.
Y, sin embargo, Sevilla permanece bella.
Bella en el resplandor cegador que arranca destellos de oro a la Giralda; bella en la blancura de sus fachadas, que desafían al fuego del mediodía; bella en el murmullo de las fuentes que aún sobreviven como pequeños oasis de misericordia urbana; bella, en fin, porque su hermosura no depende de la clemencia del clima, sino de la nobleza de su alma.
Mas no por ello hemos de callar una verdad que el sentido común proclama con la misma claridad con que el sol castiga nuestras plazas. Bienaventurada sería Sevilla si a la magnificencia heredada de sus siglos añadiese una mayor abundancia de árboles, sombras y rincones frescos donde el ciudadano pudiera hallar amparo. Porque si la piedra ennoblece la ciudad, la arboleda la humaniza; si los monumentos elevan el espíritu, la sombra protege el cuerpo que los contempla.
¿Qué gloria mayor podría existir que ver avenidas convertidas en galerías verdes, plazas cubiertas por la benéfica bóveda de naranjos, jacarandas y almezes, y paseos donde el caminante encontrase alivio sin renunciar a la contemplación de tanta belleza? No sería ello una enmienda a Sevilla, sino una perfección de sus dones; no una rectificación de su historia, sino una prolongación natural de aquella sabia tradición andalusí que entendió el agua, la vegetación y la sombra como inseparables compañeras de la civilización.
Porque Sevilla es hermosa incluso bajo el sol implacable; pero sería todavía más excelsa si cada calle ofreciera una sombra, si cada plaza regalara un refugio y si cada barrio pudiera cobijarse bajo la verde misericordia de los árboles.
Y así lo afirma este Rey Santo de estas tierras y en ellas, que aún las contempla desde la eternidad, en su urna catedralicia acristalada: que la belleza de Sevilla no necesita defensa, pero sí merece ser acompañada por la sabia providencia de la sombra. Pues el sol engrandece su gloria, mas los árboles harían más llevadera su grandeza.
Sean felices y deambulen sonrientes por la sombra, aunque alícuota.
