Oda al Cristo Resucitado

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En este día sin ocaso, en esta fecha sin calendario, en este Domingo sin tinieblas, en esta aurora que no conoce luto, se alza triunfante la Vida sobre el mármol frío de la muerte, y Sevilla —mi Sevilla eterna— respira un aire nuevo, como si el mismo cielo hubiera descendido a besar sus espadañas.

Hoy, Domingo de Resurrección, las campanas no doblan: proclaman. No lloran: cantan. Y en su metálico júbilo anuncian al mundo que el sepulcro ha sido vencido, que la piedra ha sido corrida no por manos humanas, sino por la divina autoridad de quien es principio y fin de todas las cosas.

¡Oh Cristo Resucitado!

Señor de la luz invicta,

Rey de la gloria que no perece,

estandarte vivo de la esperanza que nunca se extingue.

Si en días pasados te contemplamos yacente, coronado de espinas y silencio, hoy te vemos erguido, sereno, majestuoso, con las llagas convertidas en trofeos y la muerte rendida a tus plantas. Has descendido a los abismos no para habitar en ellos, sino para quebrarlos desde dentro, como quien rompe cadenas antiguas con la sola fuerza de su voluntad eterna.

Y Sevilla, reino imperturbable que supo ser Jerusalén en llanto, se torna ahora jardín de júbilo. Sus calles, aún impregnadas de cera y memoria, se visten de claridad, y sus gentes —herederas de siglos de fe— levantan la mirada con ese orgullo humilde de quien sabe que la historia ha sido redimida.

Ved cómo la primavera, tímida al inicio de la semana, se desborda hoy en calor, en un canto vegetal: los naranjos perfuman con mayor empeño, las flores se abren sin recato, y hasta el aire parece más leve, como si también él hubiera sido liberado.

Porque no hay victoria más alta que la vuestra, Señor.

No hay corona más justa que la que hoy ceñís.

No hay reino más firme que el que habéis inaugurado con vuestra Resurrección.

Y yo, Fernando, Rey y Santo, que en vida conquisté tierras para la cruz, me postro ahora ante este misterio que no se conquista, sino que se acoge: el de un Dios que muere y, muriendo, nos enseña a vivir para siempre.

Sea, pues, este día el culmen de toda espera,

el broche de oro de la penitencia,

y el principio —¡oh glorioso principio!— de una vida renovada en la gracia.

Alzad, sevillanos, vuestros corazones.

Que el gozo no se disimule, que la fe no se esconda.

Porque Cristo vive… y con Él, vive la esperanza.

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