De bronce

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Multitudinaria es la cuantía de eventualidades en las que emocionaste a este Rey Santo con tu verdad y tu versar delante del Señor de la Salud, tu Señor de la Salud; incontables las lágrimas que escurridizas caían faz abajo con cada levantá, con esas hechuras de galán, gitano cabal que hizo del golpeo del Llamador un arte hecho literatura hablada, sentida y llorada.

Silencio sepulcral posee mi alma; te marchaste como se marchan los mitos, los superlativos, casi sin avisar a todos los que nos sentíamos costaleros de tu cuadrilla, sin costal, sin faja pero metiendo riñones con cada nueva que nos presagiaba que tu última chicotá estaba cerca y aunque el relevo está dado, nos quedamos con la menesterosa necesidad de más.

Con altibajos en mi promulgar, mantengo firme mi promesa de que este pergamino de palabrería cofrade habría de rellenar y que cada dominical, estaría teñido de color ruan, de Bermejo sacramental, de parafina por derramar y en esta septenaria de “toca esperar” y volvemos a aplazar, con el covid como protagonista, izo mi voz con rotundidad para así poder exaltar, sin atril, sin Maestranza, y sin b nada que guardar, que se nos ha marchado un maestro, maestro capataz y aquí finaliza mi sentencia oteando el cielo por San Román y secando esas lagrimillas que siguen cayendo por mi faz.

Qué triste a veces es recordar.

Descansa en Paz, pescadero. Capataz!!!!

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