Una estampa tuya

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Una instantánea popular -¿viral se versa en estas fracciones temporales?-, obra de las alícuotas acuosas que se depositan en una perfecta imperfección del adoquinado solar. Un reflejo. Tú.

Cuantía finita de versos imposiblemente maravillosos de Gustavo Adolfo. Y Tú.

Hoy como ayer, mañana como hoy
¡y siempre igual!
Un cielo gris, un horizonte eterno
y andar… andar.
Moviéndose a compás como una estúpida
máquina el corazón;
la torpe inteligencia del cerebro
dormida en un rincón.
El alma, que ambiciona un paraíso,
buscándole sin fe;
fatiga sin objeto, ola que rueda
ignorando por qué.
Voz que incesante con el mismo tono
canta el mismo cantar,
gota de agua monótona que cae
y cae sin cesar.
Así van deslizándose los días
uno de otros en pos,
hoy lo mismo que ayer… y todos ellos
sin gozo ni dolor.
¡Ay! ¡a veces me acuerdo suspirando
del antiguo sufrir!
¡Amargo es el dolor pero siquiera
padecer es vivir!

Poseen certeza plena acerca de la estampa de la que este Rey Santo promulga; no cabe dubitativa sentencia. Tú

Efectos visuales que llegan del mismísimo cielo, golpean con lo terrenal para mostrarnos un reflejo místico, único, irrepetible e incluso inapropiado. Sevilla no debe mostrarse en su total esplendor para no ser considerada en la más absoluta desconsideración. Los castizos del reino dirían que es un abuso. Tú.

El incesante golpeo de la descarga procedente del tumulto másico vaporoso y su posterior sosiego han dirigido este manuscrito. Manuscrito cual declaración de amor a ti. Tú.

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