Antonio Susillo y el Cristo de las Mieles

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Uno de los monumentos más característicos que se pueden encontrar en el cementerio de San Fernando de Sevilla es el Cristo de las Mieles. Además allí se encuentra enterrado a su autor, Antonio Susillo, uno de los grandes escultores e imagineros de la segunda mitad del siglo XIX.

Antonio Susillo, su suicidio y el Cristo de las Mieles

En la capital hispalense, Susillo cuenta con varias obras, como la escultura de Daoiz en la plaza de la Gavidia o la galería de los doce sevillanos ilustres, que le fue encargado por los duques de Montpesier.

No cuenta con ninguna obra de imaginería, ya que su estilo innovador y modernista ocasionaba cierto recelo en el siempre conservadurismo mundo cofrade. A pesar de ello, fue el encargado de restaurar tanto a la Virgen de la Amargura, dotándolas de nuevas manos, como de San Juan Evangelista en 1893 tras el incendio que sufrió en la plaza de San Francisco durante su estación de penitencia.

El 22 de diciembre de 1896 y con tan solo 39 años de edad, se suicidió con un disparo en la cabeza en las inmediaciones de San Jerónimo. En torno a esta muerte ronda una leyenda en torno al Cristo de las Mieles.

En 1895 se realiza esta obra, donde el propio escultor se esmeró para su ejecución. A pesar de ello, cometió un error importante. Las piernas, donde se puede ver que un pie está clavado en el madero vertical de la cruz y el otro al suppedaneum de la misma, se habían realizado al contrario. Cuenta la leyenda que tras finalizar esta obra y ver ese fallo, se sintió muy angustiado y sufrió tal depresión que un año después acabó con su vida.

Nada más lejos de la realidad. Se encontró una nota donde expuso que el motivo real fueron las deudas económicas contraídas por parte de su segunda mujer, María Luisa Huelin.

El Cristo ‘que lloraba miel’

Ya en 1940 sus restos pudieron descansar a los pies de su crucificado, tal y como se encuentra en la actualidad.

Días posteriores a su entierro, los trabajadores del camposanto como los viadantes pudieron ver un hecho sorprendente y que algunos lo catalogaron como un milagro. De la comisura de los labios de la talla comenzó a salir una especie de líquido viscoso, generando gran asombro por los presentes.

Finalmente descubrieron que en su interior se encontraba un panal de abejas y que el líquido que brotaba era miel. El propio escultor dejó un hueco en el interior de la obra para evitar un peso excesivo.

Por lo tanto, y desde entonces a esta obra se le conoce como el Cristo de las Mieles.

Su última restauración

Cabe recordar que entre los meses de noviembre de 2014 y marzo de 2015, se sometió a una restauración integral que le ha devuelto su estabilidad y lo ha acercado a su aspecto original, despojándolo de los añadidos de hiedras que presentaba ocultando el Gólgota pétreo.

Para ello se efectuó un estudio de las patologías y ataques biológicos que presentaba para acometer los trabajos necesarios. La intervención ha corrido a cargo de un equipo dirigido por José León Calzado.

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