Deslumbrado al verte

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Decenas de anualidades por doquier, que bien podrían clasificarse en centurias acaecidas, vividas, gozadas y sufridas según el grano de origen arcilloso que caiga en tal porción temporal. Y aquende, a la calenda actual, anhelo la dicha de conocer que mis manuscritos llegan al alma de la totalidad y unicidad de súbditos de este incorregible, inmejorable, inigualable, inimagible y nada inaudito e inhóspito reino.

Segunda partitura que este Rey Santo trata de enlazar, siempre bajo la clave de Sol, o superlativamente versado, Astro Rey, el cual otorga esplendor y brillo, a modo de Academia Real para que sus poderosos haces traspasen las sempiternas paredes acristaladas desde donde me postro a emborronar pergaminos. Los rollos llegan, cual cúmulo de circunstancias, al mismísimo Patio donde el cítrico hace una bella composición visual con el medio donde se ubica.

Haces magistrales estudiados -con cierta frecuencia- por el profesor Planck y que se confunden entre deslumbre y deslumbre con golpes sensitivos, de ningún modo imaginados por tez humana. Secuencia infinita de los cuales provocan como rumió, promulgó y exaltó el gran Alberto una acumulación tal, que el salto eléctrico provocado, llega a ser infinito, como infinito es ese sentir confundido entre qué define la bondad y lo menesteroso y qué lo malicioso y perjudicial. Otra de esas dualidades que mostró el escribano en su romancero versado a la Semana Superlativa del Reino.

No, anhelados vasallos lectores que aún siguen ahí, este Rey Santo no deambula errante en busca de palabrería formal para nada acontecer. No existe teoría mecánico-cuántica que explique lo que se siente en nuestros motores cuando el verdadero y único haz atraviesa nuestra alma. No existe límites cinemáticas, ni dinámicos siquiera; no caben limes ni umbrales imposibles de traspasar cuando La Luz, cuando La Luz natural llega a tu vida y tus ojos otean sorprendidos el alumbramiento de un hijo.

Amado Rey Sol, de Rey a Rey me atrevo sin piedad a versar que ese y solo ese es el verdadero rayo que te atraviesa y es capaz de partir un alma en alicuotas corporales.

Este Rey Santo lamenta profundamente destrozar la pléyade de científicos que de forma cuasi magistral tratan de posicionar ante nuestra mirada, las verdades del barquero. Barquero que también fue padre y sintió lo que este Rey Santo intenta justificar.

Beatriz, Suabia al completo es conocedora del amor que le profesamos a nuestros pequeños rayos de luz.

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