Sevilla no mide el tiempo por los almanaques, sino por la luz que va cayendo sobre el pavimento de sus poyales. Cuando noviembre asoma la nariz por San Pablo y los naranjos empiezan a oler a humedad de tarde corta, la Magdalena deja de ser un templo parroquial para convertirse en el epicentro de un suspiro. Es uno de los epílogos. La procesión del Amparo no es una salida más en el calendario heterogéneo del otoño; es, en rigor sociológico y litúrgico, esa cita que, junto a la Virgen de Todos los Santos en la acera de la Feria, constituye el verdadero broche de oro de las glorias antes de que el solsticio y el compás de diciembre nos replieguen hacia dentro.
Hoy, la Real Parroquia de Santa María Magdalena ha amanecido distinta. Bajo la majestuosidad barroca de sus naves y el recuerdo silente del antiguo convento dominico de San Pablo el Real —donde la piedra guarda el eco de siglos de predicación y Votos solemnes—, la imagen tallada por la gubia inmortal del flamenco Roque Balduque a mediados del siglo XVI se ha ceñido la corona canónica. Balduque concibió a la Madre sosteniendo en la diestra el corazón alado y acunando en la izquierda al Niño del pañal encarnado. Una iconografía que es compendio y síntesis: el refugio de una ciudad que, cada vez que ha sentido tambalearse sus cimientos —como aquél devastador 1 de noviembre de 1755, cuando el suelo de Lisboa tembló y Sevilla atribuyó a su intercesión la salvación del barrio—, ha sabido dónde mirar.
La jornada ha amanecido, sin embargo, con el cielo encapotado, plomizo y cargado de agua suspendida. Un agua que ha aconsejado posponer el paseo triunfal por la feligresía hasta el próximo domingo. Pero que nadie se lleve a engaño ni caiga en la simplificación fácil del desánimo cofrade: ni la nube más densa sobre la calle San Pablo tiene la potencia de deslucir lo que ocurre intramuros. Hay coronaciones que se miden por el alboroto de los balcones y luego están las que encajan de otra forma e idiosincrasia en el tuétano de la historia de la ciudad, proclamándose en el silencio augusto del altar mayor, bajo la mirada sobria de una feligresía que sabe lo que celebra.
El trasplante del paso a la calle tendrá que esperar siete días, pero la dignidad del acto no entiende de meteorología. La devoción que nació formalmente en 1735 y que sobrevivió a terremotos, fiebres y convulsiones políticas no se despeina por un frente de lluvia. Hoy la presea reposa sobre las sienes de la obra de Balduque para recordar que la belleza, cuando es auténtica y hunde sus raíces en la historia más pura de Sevilla, no necesita del sol de mediodía para deslumbrar.
Sorprende, eso sí, la ligereza con la que en los últimos tiempos se asume la tendencia de suspender o aplazar salientes al asfalto con veinticuatro horas de antelación, liquidando de golpe el pulso y la incertidumbre propia de la mañana de la salida. Mal precedente sembraron en San Pedro y arriesgada inercia esta de firmar la suspensión en los despachos antes de que el cielo enseñe sus cartas en el dintel. Sea como fuere, el círculo del año de las glorias sigue su curso en la Magdalena. La ciudad aguarda al domingo que viene para verla en la calle, pero hoy, dentro del templo, Sevilla ya sabe que en las manos del Amparo sigue latiente el corazón alado de su memoria.
Fotografía: Hermandad del Amparo.
