Entre la fe y el pensamiento: filosofía de una Sevilla cofrade

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Si algo ha aprendido este Rey Santo contemplando los asuntos humanos es que el hombre, creados imagen y semejanza, aun cuando presume de certezas, no deja de ser un peregrino en busca de respuestas. A esa noble inquietud llamaron los antiguos filosofía; a la esperanza de encontrar en Dios la verdad última, fe. Nunca he comprendido por qué algunos pretenden enfrentarlas, como si pensar fuese una afrenta al cielo o creer exigiese renunciar a la razón.

Y es entonces cuando retorno mis ojuelos y mi mirada mirada hacia mi querida Sevilla, donde las cofradías constituyen mucho más que una manifestación de belleza y tradición: son también una invitación a meditar sobre el sufrimiento, la esperanza, el perdón y la condición humana.

Mas permitidme una observación: Sevilla sabe emocionarse ante sus imágenes, pero ¿se detiene siempre a reflexionar sobre lo que representan?

Podemos discutir durante horas, con todos sus minutos y segundos, sobre una marcha, un palio o el recorrido de una hermandad, y olvidar, entretanto, el Evangelio que debiera inspirar nuestras obras. ¡Prodigiosa diligencia para lo accesorio y preocupante parsimonia para lo esencial!

No pretendo menospreciar la belleza de nuestra Semana Santa, sino recordar que el arte sacro ha de conducirnos hacia Dios, no convertirse en un fin en sí mismo. La filosofía nos enseña a preguntar; la fe nos invita a escuchar. Ambas nos exigen examinar nuestras convicciones y reconocer nuestras propias contradicciones.

Quisiera, por ello, que nuestras hermandades fueran escuelas de pensamiento, fraternidad y caridad; lugares donde las discrepancias no engendrasen enemistades y donde la devoción se manifestase tanto ante un paso como junto al necesitado.

Porque la grandeza de una cofradía no reside únicamente en la magnificencia de sus titulares, sino en la calidad humana de quienes los veneran.

Y cuando la última marcha se pierda por las calles de Sevilla, acaso debamos preguntarnos no solo qué hemos contemplado, sino qué hemos aprendido.

Pues la procesión más importante es aquella que cada hombre emprende en el interior de su conciencia. Y esa, señores míos, no necesita cera, ni banda, ni palio: necesita, sencillamente, verdad, pensamiento y fe.

Mediten, piensen y ante todo, sean felices.

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