Hay conquistas que se alcanzan abrazando a lobera, mediante el hierro de mi espada y otras que se perpetúan gracias al poder de la palabra. Yo, Fernando III, Rey y Santo por la gracia del Altísimo, que conocí la gloria de las armas y la solemnidad de los templos, profeso una singular admiración por aquel sevillano que, sin ejércitos ni coronas, conquistó un reino mucho más perdurable: el corazón de los hombres.
Su nombre fue Gustavo Adolfo Bécquer.
Nacido en Sevilla, ciudad donde el Guadalquivir discurre con majestad y el azahar perfuma las calles al llegar la primavera, Bécquer supo convertir el amor, el desengaño y la melancolía en versos que parecen susurrados por el alma misma. Pocos hombres han conseguido expresar con tanta delicadeza aquello que tantos sienten y tan pocos saben decir.
No fue únicamente el poeta de los enamorados. Fue también un explorador de lo invisible, un soñador que encontró en el misterio, las leyendas y la belleza fugitiva la materia con la que construir su universo literario.
¡Singular privilegio el suyo!
Mientras los palacios cambian de manos y las glorias terrenales se desvanecen, sus palabras continúan vivas en quienes aman, recuerdan o sufren una ausencia.
Por ello celebro que Sevilla vuelva sus ojos hacia uno de sus hijos más universales con la exposición inmersiva Mientras haya unos ojos que reflejen, organizada por la Fundación Cajasol, que acerca al visitante a su vida y obra mediante la literatura, la pintura y los recursos audiovisuales. Asimismo, la exposición Los Bécquer. Un linaje de artistas, celebrada en el Museo de Bellas Artes de Sevilla, nos recordó la riqueza creadora de esta familia y la sensibilidad artística que también acompañó al poeta.
Ambas propuestas nos invitan a comprender que preservar la cultura no consiste solamente en custodiar el pasado, sino en mantenerlo vivo para las generaciones venideras.
Yo, que fui rey por la dignidad de mi oficio, no puedo sino inclinar mi admiración ante quien alcanzó semejante señorío sin más cetro que su pluma. Bécquer conquistó un reino sin fronteras, donde no rigen las leyes de los hombres, sino las eternas razones del corazón.
Que Sevilla jamás olvide a su poeta. Que sus versos continúen habitando nuestras bibliotecas, nuestros hogares y nuestras conversaciones, y que ningún afán de modernidad nos haga desdeñar el tesoro de nuestros clásicos.
Porque mientras exista un corazón que ame, una mirada que busque otra mirada y un alma que se interrogue ante el misterio de la existencia, habrá un lugar reservado para Gustavo Adolfo Bécquer.
Y si algún día me fuese concedido pasear de nuevo por las calles de mi Sevilla, entre el tañido de sus campanas y el perfume de sus naranjos, me detendría a rendir homenaje a aquel hombre que hizo del amor una forma de eternidad.
Pues ¿qué mayor conquista puede alcanzar un hombre que permanecer vivo en el corazón de quienes jamás llegaron a conocerlo?
