El convite del Rey: Sevilla, sus cofradías y la invitación del Evangelio

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Hay invitaciones que honran a quien las recibe y otras que, por la dignidad de quien las cursa, debieran ser consideradas verdaderos privilegios. Mas el hombre, en su desconcertante inclinación a trocar lo esencial por lo accesorio, no siempre sabe distinguir entre el honor que se le concede y la vanidad con que pretende adornarse.

Yo, Fernando III, Rey de Castilla y León y, por la gracia de Dios, conquistador de Sevilla, he meditado sobre estas cuestiones al escuchar la parábola que San Mateo nos transmite en este vigésimo octavo domingo del Tiempo Ordinario. Nuestro Señor compara el Reino de los Cielos con un rey que dispone las bodas de su hijo y convoca a sus invitados. El banquete está preparado, la mesa dispuesta y los manjares servidos; sin embargo, muchos de los llamados prefieren atender sus negocios, ocuparse de sus campos o, en el colmo de la ingratitud, maltratar a quienes vienen a recordarles tan generosa invitación.

¡Singular desatino el de quienes, teniendo ante sí las puertas de un palacio, prefieren permanecer entretenidos en sus propias ocupaciones!

Y, mientras medito estas palabras en mí acristalado aposento catedralicio, no puede evitar este Rey Santo volver la mirada hacia mi querida Sevilla, ciudad de campanas y reino de espadañas, de azahar e incienso, de silencios que sobrecogen y saetas que parecen elevarse hasta el mismo cielo.

¿Somos verdaderos cofrades o simples invitados de apariencia?

En nuestra Semana Santa sabemos preparar los grandes acontecimientos con una minuciosidad que bien pudiera envidiar cualquier maestro de ceremonias. Se limpian los enseres, se disponen los altares, se bruñen los candeleros, se ordenan las túnicas y se aguarda con emoción la llegada de la Cuaresma. Desde Triana hasta San Lorenzo, desde la Macarena hasta el Postigo, Sevilla entera parece disponerse para acudir a una cita que pertenece tanto a su historia como a su alma.

Y, sin embargo, permitidme una pregunta, quizá incómoda, pero no por ello menos necesaria: ¿estamos preparando también nuestro corazón para encontrarnos con el Señor?

Porque una hermandad no se mide únicamente por la belleza de sus pasos, la excelencia de sus bandas o la solemnidad de sus cultos. Tampoco basta con que el palio avance con majestad por la calle Pureza, que el Gran Poder convoque multitudes en San Lorenzo o que la Campana se convierta en un río de emociones cuando la cofradía alcanza su cénit.

Todo ello posee una hermosura admirable y constituye parte de ese patrimonio espiritual, artístico y sentimental que hace de Sevilla una ciudad singular. Pero la belleza de nuestras tradiciones debe conducirnos a Dios, no convertirse en un destino que nos haga olvidarlo.

Podemos vestir la túnica más impecable y conservar, sin embargo, un alma cubierta de rencores. Podemos emocionarnos ante una imagen sagrada y permanecer indiferentes ante el sufrimiento de quien camina a nuestro lado. Podemos conocer al detalle los horarios de las cofradías y desconocer, por desgracia, las necesidades de nuestros propios vecinos.

He aquí la paradoja: acudir puntualmente a la procesión y llegar tarde a la caridad; defender con ardor el honor de una hermandad y olvidar la fraternidad que Cristo nos mandó practicar.

La parábola reserva todavía una enseñanza que merece nuestra atención. Cuando el rey entra en la sala, encuentra a un hombre sin el traje de fiesta. No basta, por tanto, con haber llegado al banquete: también es preciso presentarse como corresponde a la invitación recibida.

Este detalle interpela de manera singular al mundo cofrade. El verdadero traje de fiesta del cristiano no se adquiere en ningún comercio de tejidos, ni se guarda cuidadosamente en un armario hasta la llegada del Domingo de Ramos. Se confecciona, más bien, con humildad, caridad, justicia y misericordia; con la disposición de perdonar al hermano y de servir sin reclamar honores ni reconocimiento.

Si nuestras hermandades son escuelas de fe, que enseñen también a reconciliarse. Si son comunidades de devoción, que lo sean asimismo de acogida. Y si proclamamos nuestro amor a los titulares, procuremos que ese amor se traduzca en obras concretas, especialmente en favor de los enfermos, los ancianos, los pobres y cuantos viven bajo el peso de la soledad.

No quisiera yo, que tanto empeño puse en servir a esta ciudad y en honrar a su Señor, que confundierais jamás la grandeza de una tradición con la mera apariencia de grandeza. La primera arraiga en el Evangelio; la segunda se desvanece apenas se apagan los cirios.

El rey de la parábola ordena finalmente que sus servidores salgan a los cruces de los caminos e inviten a cuantos encuentren, buenos y malos, hasta llenar la sala nupcial. La llamada de Dios no queda reservada a una minoría selecta, ni se limita a quienes conocen las costumbres, frecuentan los templos o dominan el lenguaje de nuestras devociones.

La invitación alcanza también a quienes se han alejado, a quienes dudan, a quienes cargan con heridas antiguas y a quienes quizá nunca han encontrado una puerta abierta en nuestras comunidades.

También Sevilla ha de saber salir al encuentro. Que nuestras hermandades no sean círculos cerrados en los que únicamente se reconozcan los iniciados, sino hogares espirituales donde el recién llegado encuentre acogida y el necesitado halle consuelo. Que la devoción a la Virgen de los Reyes, el amor al Gran Poder y la veneración de nuestros Cristos y Dolorosas nos impulsen a ser mejores cristianos, no solamente más celosos guardianes de nuestras costumbres.

Así pues, sevillanos, hermanos de túnica y cirio, servidores de altar y devotos de nuestras sagradas imágenes: acudamos al convite del Señor. Hagámoslo con alegría, con reverencia y con la conciencia de que hemos recibido un don inmerecido.

Y cuando la última marcha se pierda en la distancia, cuando el incienso se disipe por las calles y Sevilla recobre el pulso ordinario de sus jornadas, que permanezca en nosotros algo más duradero que la emoción de una noche: un corazón dispuesto a vivir el Evangelio.

Sean felices

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