Antes de olvidar

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Hay una costumbre que sempiternamente me ha preocupado, incluso después de tantas centurias contemplando Sevilla desde la quietud de mi pedestal: el hombre tiene una prodigiosa facilidad para olvidar aquello que otros hombres se sacrificaron por construir.

Quizá por eso hoy quiero hablaros de Historia.

No de esa Historia reducida a fechas, nombres y batallas que algunos aprendimos de memoria para aprobar un examen y olvidamos al día siguiente.

Hablo de la Historia que respira.

De la que explica por qué una ciudad es como es.

De la que nos permite comprender sus calles, sus templos, sus costumbres y hasta esas devociones que Sevilla lleva en la sangre.

Porque una ciudad que olvida su pasado corre el riesgo de convertirse en un hermoso decorado sin memoria.

Y Sevilla, creedme, merece mucho más.

Yo he tenido el extraño privilegio de contemplarla durante casi ocho siglos y he contemplando el cambiar de sus calles, el desaparecer generaciones y la transformación de sus costumbres. Pero también he oteado permanecer aquello que verdaderamente importa: sus campanas, sus devociones, sus barrios, su Giralda y esa manera tan particular de sentirse sevillano.

Por eso he decidido hacer algo que quizá debería haber hecho mucho antes.

Voy a contaros mi historia.

La historia de aquel Fernando que llegó ante Sevilla en 1248.

Os contaré cómo era aquella ciudad.

Cómo fueron aquellos días de cerco.

Qué sucedió junto al Guadalquivir.

Qué hombres me acompañaron.

Qué dificultades encontramos.

Qué decisiones tuve que tomar.

Y, sobre todo, qué significó para mí reconquistar Sevilla.

Pero no esperéis una sucesión de fechas como quien consulta un viejo pergamino.

Quiero contaros las historias que hay detrás de ellas.

Porque detrás de cada batalla hubo hombres.

Detrás de cada victoria hubo sacrificios.

Detrás de cada piedra hubo manos.

Y detrás de cada gran acontecimiento hubo pequeñas historias que quizá jamás llegaron a los libros.

Esas son las que quiero rescatar.

Quiero que los sevillanos conozcáis la ciudad que contemplaron vuestros antepasados.

Que cuando caminéis por sus calles sepáis que bajo vuestros pies duerme una historia mucho más antigua que nosotros.

Que cuando miréis la Giralda comprendáis que no estáis contemplando solamente una torre, sino siglos de Sevilla.

Que cuando atraveséis el Postigo, el Arenal o las calles que rodean la Catedral, sepáis que por ellas caminaron hombres y mujeres cuyos nombres quizá nadie recuerda, pero cuya existencia ayudó a construir la ciudad que hoy llamáis vuestra.

Y permitidme una última consideración.

Estudiar Historia no consiste en vivir mirando hacia atrás.

Al contrario.

Quien conoce de dónde viene puede comprender mejor hacia dónde camina.

Por eso comenzaré a contaros mis hazañas en Sevilla.

No para alimentar mi vanidad —que bastante tienen ya las estatuas con parecer importantes—, sino para devolver a Sevilla una parte de su memoria.

Yo fui Fernando.

Fui rey.

Fui soldado.

Fui conquistador.

Y soy Fernando, Rey y Santo por la Gracia del Altísimo.

Pero antes que todo eso fui un hombre que un día contempló Sevilla desde la otra orilla del Guadalquivir y comprendió que estaba ante una ciudad destinada a cambiar su vida para siempre.

Sean felices.

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