“Hijo, ve hoy a trabajar en mi viña”.
Así habló aquel padre a sus dos hijos. Uno dijo que no, pero después se arrepintió y fue; el otro respondió con diligencia y reverencia, pero jamás apareció por la viña. Y Cristo, con esa delicada ironía que tantas veces empleaba para poner al descubierto nuestras contradicciones, preguntó cuál de los dos había cumplido la voluntad del padre.
El que fue.
Desde mi atalaya de piedra en la Plaza o desde mi urna catedralicia, no puedo evitar pensar en Sevilla.
Porque esta ciudad sabe decir «sí» con una solemnidad extraordinaria.
Lo dice ante un altar de cultos.
Lo dice cuando en San Lorenzo se encienden los cirios.
Lo dice cuando la Macarena cruza su barrio en la Madrugá
Lo dice Triana cuando la Esperanza sale por Pureza.
Lo dice el nazareno que viste su túnica cirio en mano, el penitente que porta su cruz, el costalero que se ciñe la faja, el acólito que sostiene con fe el curial y el músico que ensaya durante meses para acompañar al Señor.
Pero el Evangelio de hoy nos recuerda algo incómodo:
No basta con decir «sí». Hay que acudir a la viña.
Y la viña, queridos sevillanos, no termina cuando se cierran las puertas de la iglesia.
La viña está en la calle: en el hermano que necesita ayuda, en quien espera una palabra de consuelo, en aquel al que perdonamos demasiado tarde, en la caridad silenciosa que jamás aparecerá en una fotografía.
Porque de poco sirve hablar de devoción mientras nuestras obras permanecen huérfanas de ella.
Podemos conocer todas las marchas, distinguir cada bordado, discutir durante horas sobre un paso y saber exactamente dónde debe colocarse cada flor. Podemos incluso convertirnos en doctores en itinerarios, capataces y repertorios.
Pero Cristo no pregunta quién sabe más de Semana Santa. Pregunta, sencillamente:
«¿Quién fue a trabajar a mi viña?»
Y quizá algunos de los que menos hablan sean quienes más trabajan.
El hermano que abre la puerta de una casa de hermandad.
La mujer que prepara una bolsa de alimentos sin que nadie lo sepa.
El joven que acompaña a un anciano.
El costalero que, además de cargar un paso, carga con las preocupaciones de su compañero.
El nazareno que camina en silencio sin necesidad de ser visto.
Ahí está la verdadera cofradía. Ahí está la viña.
Yo, Fernando, Rey y Santo por la gracia del Altísimo, que un día llegué a Sevilla Lobera en mano y corona, aprendí que las grandes empresas no se sostienen con proclamas, sino con obras.
Por eso, cuando esta ciudad vuelva a llenarse de incienso, cuando el azahar anuncie la primavera y Sevilla vuelva a vestirse de penitencia, preguntémonos menos qué decimos y más qué hacemos.
Porque ante Dios, al final de la jornada, no cuentan demasiado nuestros discursos.
Cuenta haber ido.
La viña está abierta.
Y el Padre sigue esperando.
Sean superlativamente felices.
