Setenta veces siete

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«Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano? ¿Hasta siete veces?»

Y respondió Cristo: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete».

Desde mi atalaya pétrea ecuestre allá por la Nueva Plaza o desde mi acristalado aposento catedralicio donde reposo mis sueños e inquietudes, contemplo Sevilla desde hace centurias. Y os confieso, sevillanos míos, que conquisté el Reino allá por 1248, pero todavía no he logrado reconquistar del todo vuestras rencillas cofrades.

Discutís por una banda, por una marcha, por un capataz, por un itinerario… y hasta por quién ocupa primero un rincón en La Campana, y no versó acerca de lo majestuoso y superlativo favor que le hacen sus tortugas al paladar a través de las papilas gustativas. No.

Y mientras tanto, Cristo camina.

Llega la Cuaresma, florecen los naranjos y el azahar hace su presencia en callejuelas y plazas enalteciendo lo vital de nuestros sentidos, San Lorenzo se llena de penumbra, rezos y peticiones, Triana vuelve a mirar hacia la calle Castilla mientras el que nunca muere en su expirar eterno nos abre sus manos, El Salvador se viste de solemnidad colegial y Sevilla comienza a oler a incienso con esa su bendita e inconfundible humareda.

Entonces, ahí, justo ahí, aparece el Señor. Y detrás, toda la ciudad: cirios, costaleros, penitentes, música y saetas.

Pero ¿de qué sirve acompañarlo por la Carrera Oficial si no sabemos perdonar al hermano?

¿De qué sirve besar la mano de una Virgen si después negamos la nuestra a quien nos ofendió?

Cristo no dijo siete. Dijo setenta veces siete.

Yo, Fernando, Rey y Santo por la Gratia Plena de nuestro Altísimo Padre, que entré en Sevilla con Lobera, evangelio y corona, aprendí que conquistar una ciudad es empresa menor que conquistar el propio orgullo.

Por eso os digo: perdonad al hermano de vuestra hermandad, al vecino de esta y de la otra acera y hasta a ese sevillano que lleva años sin hablaros por una afrenta cuyo origen ya nadie recuerda.

Porque cuando llegue la Madrugá y el Gran Poder atraviese el silencio, cual cuchillería en latas de Arias Tascón, cuando una saeta se quiebre en un balcón engalanado de Triana en la tarde nublada de Viernes Santo y el incienso ascienda hacia el cielo, quizá comprendamos que la verdadera estación de penitencia no consiste en seguir a Cristo, sino en aprender a caminar como Él.

No hagáis cuentas. Setenta veces siete.

Porque una Sevilla que sabe perdonar será siempre más hermosa que aquella que solamente sabe procesionar.

Y creedme, sevillanos: he visto caer murallas; pero ninguna conquista es mayor que la de un corazón que, finalmente, aprende a perdonar.

Perdonen, amen y alcanzarán la felicidad plena.

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