La Cruz y la espada

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Carta de Fernando III a los sevillanos, desde la eternidad de su Catedral

“El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga”, así versó Nuestro Señor Jesucristo a sus discípulos.

Y permitidme, sevillanos míos, que hoy, desde mi acristalado aposento, acá donde llevo tantas centurias viendo pasar vuestra vida —y donde, dicho sea de paso, uno aprende que Sevilla cambia mucho menos de lo que presume—, vuelva los ojos a aquella lejana fecha de 1248, cuando mis huestes contemplaban las murallas de vuestra ciudad.

Aquel día, en aquel momento, ante Sevilla, también hubo que elegir. Y no fue solamente una elección entre avanzar o retroceder, entre vencer o ser vencidos. Fue algo mucho más profundo: decidir qué está uno dispuesto a entregar por aquello en lo que cree.

Porque Cristo no prometió a los suyos caminos alfombrados. Les habló de cruz. Y yo, Fernando, Rey y Santo por la gracia del Altísimo, que llevaba corona sobre las sienes y Lobera al cinto, aprendí que ninguna corona merece ser llevada si quien la porta no está dispuesto a cargar primero con su propia cruz.

Por eso, cuando mis tropas de arte miraban las murallas sevillanas y quizá alguno calculaba su altura, la resistencia de sus torres o el tiempo que habría de durar aquel cerco, yo les habría dicho —y permitidme que hoy reproduzca literariamente aquellas palabras que bien pudieron brotar del espíritu de aquella jornada—:

“Soldados de Castilla, no miréis las murallas como quien mira un obstáculo. Miradlas como quien contempla el límite entre aquello que sois y aquello que estáis llamados a ser”.

No veníamos a conquistar una ciudad.Venía con nosotros una responsabilidad.Y toda responsabilidad exige sacrificio.

Cristo decía: “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo”.

Qué extraña palabra para un rey. Renunciar a uno mismo.

Sin embargo, el Evangelio propone una paradoja que atraviesa los tazones del almanaque: para ganar hay que saber perder.

Y allí, frente a Sevilla, comprendí que mis hombres tendrían que perder algo para poder ganar algo mucho más grande. Tendrían que perder el descanso, la comodidad, el miedo, la seguridad de regresar pronto a sus casas y quizá algunos tendrían que entregar incluso aquello que ningún hombre desea entregar: su propia vida.

Por eso promulgué:

“No os prometo que todos volveréis conmigo. Os prometo solamente que, si vuestro sacrificio sirve a un bien mayor que vosotros mismos, vuestra entrega no habrá sido en vano”.

Y aquí, sevillanos, está la grandeza y también la terrible dificultad de aquellas palabras de Cristo porque tomar la cruz no significa buscar el sufrimiento. Significa aceptar el precio de aquello que verdaderamente merece ser defendido.

La cruz no es gloriosa porque duela. Es gloriosa porque, llevada por amor, deja de ser únicamente sufrimiento y se convierte en entrega.

Yo llevaba espada. Cristo llevaba cruz.Y no confundamos jamás ambas cosas.

Mi espada podía abrir una puerta cual llave maestra; la Cruz, en cambio, podía abrir un corazón.

Mi espada podía conquistar una ciudad; la Cruz pretendía conquistar el mundo entero.

Recuerdo aquellas murallas.

Recuerdo el Guadalquivir.

Recuerdo el campamento.

Recuerdo el cansancio de los hombres.

Y recuerdo, sobre todo, que ninguna empresa verdaderamente grande comienza con la certeza de la victoria.

Comienza con la fe.

En aquellos días habría querido decir a mis tropas:

«No temáis la grandeza de Sevilla. Temed solamente que vuestro corazón sea demasiado pequeño para la empresa que Dios ha puesto delante de vosotros.»

Porque el miedo siempre mira hacia arriba.

La fe, en cambio, mira más lejos. Y así permanecimos, dos tras día, nocturnidad tras nocturnidad, mientras Sevilla resistía y nuestras tropas esperaban y desesperar.

Y cuando finalmente llegó la hora de entrar en Sevilla, yo sabía que la victoria no podía convertirse en vanidad.

Porque precisamente ahí vuelve a hablar Cristo:

«¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida?»

Qué pregunta tan incómoda y necesaria.

Se puede ganar una batalla y perderse a uno mismo.

Y lanzo una pregunta a los vientos:

¿De qué sirve hablar de Semana Santa si no sabemos cargar con la pequeña cruz de cada día?

Ahí está la verdadera Reconquista.

Sevilla, querida ciudad mía:

Cuando contempléis una cruz, recordad que alguien tuvo que cargarla.

Cuando contempléis un paso, recordad que alguien tuvo que levantarlo.

Cuando escuchéis el golpe del llamador, recordad que alguien tuvo que responder:

“A esta es”.

La cruz no se toma porque sea agradable.

Yo, que un día llegué ante Sevilla con mis tropas, aprendí que las grandes victorias no pertenecen a quienes nunca tienen miedo, sino a quienes no permiten que el miedo decida por ellos.

Les insisto:

Vivid de tal manera que vuestra vida haya servido para que otros recuerden lo verdaderamente importante.

Por eso, sevillanos míos, cuando llegue vuestra propia batalla, no preguntéis primero si vais a vencer.

Preguntad si aquello por lo que lucháis merece vuestra entrega.

Así termina toda reconquista y comienza toda conversión.

Y así, desde aquella Sevilla de 1248 hasta esta Sevilla que ahora contemplo desde mi piedra catedralicia vuelve a resonar la voz del Señor:

«El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga.»

Y yo, Fernando, Rey y Santo,, solamente puedo añadir: Tomad la cruz y llévala con orgullo.

Sean felices.

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