A la fecha presente, Domingo de sensaciones térmicas agradables en el reino, yo, Fernando III, Rey, Reconquistador y Santo por la gracia del Altísimo y, según algunos sevillanos, propietario perpetuo de cierto pedestal en la Catedral afirmó que acontece la presencia de ciertas preguntas que no envejecen.
Las pronunció Nuestro Señor Jesucristo hace casi dos mil años y aún hoy, conservan esa virtud incómoda de dejarnos mirando al suelo, como quien ha sido sorprendido en falta por alguien que conoce de antemano la respuesta.
“Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”.
Así cuestionó Cristo a sus discípulos. No porque ignorase quién era, que ignorancia semejante habría sido impropia de quien es sabedor hasta de lo que el corazón humano se empeña en esconder, sino porque hay preguntas cuya grandeza no reside en la respuesta, sino en obligarnos a buscarla.
Y permitidme, queridos sevillanos, que hoy, desde mi acristalado y catedralicio aposento—que llevo siglos contemplándoos y ya empiezo a conocer vuestras costumbres—, os formule una pregunta parecida:
Y vosotros, sevillanos, ¿quién decís que soy yo?
No os apresuréis. Ya os conozco.
Alguno responderá que soy aquel rey que entró en Sevilla en 1248; otro recordará que fui quien consagró la antigua mezquita como templo cristiano; alguno, más versado en Historia, citará mis campañas, mis conquistas y mis tratados. Y habrá incluso quien diga:
—¡Pues San Fernando, hombre! ¡El de la estatua de la Catedral!
Bien. No negaré que la respuesta posee una contundencia admirable y una profundidad teológica discutible. Pero yo os pregunto otra cosa.
¿Quién soy para vosotros?
Porque una cosa es saber quién fui y otra, muy distinta, saber qué lugar ocupo en vuestra memoria.
Cristo preguntaba a sus discípulos quién era Él después de haber caminado con ellos, de haber versado con ellos, de haber compartido el pan, el cansancio y la incertidumbre. Yo, Fernando, Lobera en mano, salvando las distancias —que son enormes, y no vaya alguno a interpretar mal la comparación, que luego en Sevilla se entera uno de todo—, llevo también siglos compartiendo con vosotros esta ciudad.
Os he visto nacer. Os he visto crecer. Os he visto discutir sobre cofradías, pasos, bandas, plumas de romanos, horarios, lluvias, itinerarios y, naturalmente, sobre cuál es la mejor hermandad de Sevilla, cuestión sobre la que prefiero guardar prudente silencio para no provocar una guerra civil.
He visto generaciones enteras cruzar ante mi pedestal, el cual, en la mañana de ayer fue abierta de par en par para que podáis apreciar la grandeza instalada en un cuerpito tan disminuido y una faz tan bella.
¡No pasan las centurias por mí!
He visto sevillanos apresurados, sevillanos enamorados, sevillanos con paraguas —pobres criaturas— y sevillanos corriendo detrás de una cofradía porque “todavía llega.
He visto la ciudad vestirse de terciopelo y azahar.
He visto encenderse los cirios.
He visto las calles convertirse en templo y los templos convertirse en calle.
Y he comprendido que Sevilla no solamente recuerda. Sevilla convierte el recuerdo en vida.
Por eso mi pregunta no pretende examinar vuestra memoria histórica. Pretende examinar vuestro corazón.
¿Soy para vosotros solamente una figura de piedra? ¿Un rey antiguo? ¿Una estatua solemne y ecuestre que contempla desde las alturas el ir y venir de los turistas, de los canónigos, de los sevillanos y de algún despistado que todavía pregunta dónde está la Giralda?
¿Soy solamente el reconquistador de Sevilla?
¿El monarca que entregó Lobera a Dios y cuya vida tras “eso” quiso ser humilde, piadosa y cristiana? ¿O soy algo más?
Porque si Cristo preguntó a los suyos quién decían que era Él, quizá también nosotros debamos preguntarnos qué significan para nosotros aquellos que nos precedieron en la fe.
Y aquí permitidme una pequeña licencia de rey. No os voy a pedir que me llevéis en hombros hasta el próximo jueves de Corpus Christi, no. Ni pretendo que me encendáis un cirio cada domingo, aunque confieso que no me disgustaría. Lo que os pido es algo mucho más difícil: que no me dejéis convertido en figura fría y pétrea porque de poco serviría que mi figura permaneciese intacta durante centurias si aquello por lo que viví, luché y recé se fuese desmoronando en el corazón de quienes me contemplan.
Yo no conquisté Sevilla para que mi nombre apareciera en una placa. No la entregué a la Iglesia para que cuatrocientos mil anualidades a posteriori, discutieseis si el cortejo de una cofradía tarda demasiado en pasar por una calle.
Bueno… eso último, reconozco, no lo podía prever.
Sevilla sabe mucho de belleza.Demasiado, quizá.
Sabe vestir una imagen como ninguna otra ciudad.
Sabe convertir una esquina en un altar.
Sabe hacer que una marcha parezca una plegaria.
Sabe poner flores donde otros pondrían simplemente flores.
Sabe llamar “Señor” al que carga con una cruz allá por San Lorenzo y “Madre” a quien sostiene, desde el cielo, las angustias de medio todo un barrio, detrás de un Arco.
Pero precisamente porque Sevilla sabe tanto de formas, yo quisiera preguntarle por el fondo.
Cuando contempláis al Cristo, ¿a quién veis?
Cuando miráis a la Virgen, ¿qué esperáis de Ella?
Y cuando pasáis delante de mi urna, o levantáis los ojos hacia mi estatua, ¿quién decís que soy yo?
Tal vez la respuesta no deba ser únicamente “San Fernando”.
Tal vez debáis decir:
“Es uno de los nuestros”.
Uno que pertenece a esta ciudad porque entregó parte de su vida a ella.
Uno que creyó que Sevilla no debía ser únicamente una ciudad hermosa, sino una ciudad cristiana.
Uno que murió sabiendo que las coronas pesan menos cuando se ponen al servicio de Dios.
Y entonces, sevillanos, quizá mi pregunta encuentre respuesta.
Hoy, desde mi atalaya de piedra, con la Giralda a un lado, el cielo de Sevilla por techo y las centurias acumulándose a mis pies, permitidme que os devuelva la pregunta.
Sevillanos: ¿quién decís que soy yo?
Mientras pensáis la respuesta, sean felices.
