Hay evangelios que no necesitan incienso para perfumar el alma, porque ya traen consigo el aroma de lo eterno. El de hoy, con su mujer cananea postrada ante Cristo en las tierras de Tiro y Sidón, nos coloca frente a una de esas escenas en las que el Evangelio parece despojarse de toda retórica para mostrarnos, desnuda y sin artificio, la arquitectura de la verdadera fe.
Una mujer que no pertenece al pueblo elegido se acerca al Señor. No trae palmas, ni insignias ni estandartes, ni cirio ni cruz, ni genealogía que la legitime. No tiene más patrimonio que un dolor y una esperanza. Su hija está atormentada y ella, como tantas madres, convierte el sufrimiento ajeno en oración propia.
“Señor, ayúdame”.
Qué pocas palabras para contener un mundo entero.
Y Cristo calla, expirante entre Sevilla, Triana y el mundo entero.
También nosotros somos sabedores de ese estado silente. Lo hemos experimentado en alguna eventualidad ante su altar, cuando la cera se consume lentamente en las horas nocturnas de nuestra Estación de Penitencia y parece que nuestros rezos, nuestras súplicas, se quedan suspendidas entre el humo del incienso y las bóvedas de la techumbre celestial, a una terna de país mal contabilizados del portón ya abierto del templo. Rezamos y no sucede nada. Pedimos y el cielo parece hermético. Insistimos y Dios permanece en silencio.
Pero el silencio de Dios no siempre es ausencia. Nunca lo es y así lo exalta con rotundidad este Rey Santo.
A veces es escuela. Enseñanza.
La cananea no se marcha. No interpreta el silencio como una negativa definitiva. Persevera. Se postra. Insiste. Y cuando parece que incluso los vocablos rígidos de Cristo en esos renglones sempiternamente torcidos de la vida levantan una frontera ante ella, responde con una humildad de una grandeza descomunal: acepta ser pequeña con tal de no alejarse de la mesa.
“También los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”.
Ahí está la grandeza de esta mujer: no exige. No reclama derechos. No pretende enseñarle a Dios cómo debe obrar. Se abandona. Le basta una migaja de aquella mesa para esperar un milagro.
Y acaso nuestras cofradías debieran meditar más sobre esto.
Porque los cofrades, hombres y mujeres de fe, algunas veces, han convertido la fe en una cuestión de patrimonio, de estrenos, de dorados, de repertorios, de posiciones y de reconocimientos. Discutimos por una marcha, por la tonalidad de una túnica, por un varal, por un cargo, por quién ocupa qué lugar en una fotografía. Nos afanamos tanto en custodiar la mesa que olvidamos para qué fue preparada.
Mientras tanto, Cristo continúa preguntándonos por la fe.
No por la magnificencia de nuestros cultos, sino por la verdad de nuestra devoción. No por la cantidad de cirios que encendemos, sino por cuánto ardemos nosotros. No por la perfección de nuestros altares, sino por la capacidad de postrarnos cuando la vida nos quiebra.
La cananea no necesitó pertenecer a una hermandad para enseñarnos qué significa ser cofrade.
Porque ser cofrade, antes que vestir una túnica, es aprender a permanecer cuando parece que Dios calla.
Es saber que una puerta cerrada no necesariamente significa un cielo clausurado. Es comprender que la humildad no empequeñece al hombre, sino que lo coloca en la exacta dimensión desde la que puede encontrarse con Dios.
Y quizá por eso aquella mujer extranjera, aquella mujer sin privilegios, termina convirtiéndose en maestra de quienes creíamos saber rezar.
Cristo, Hijo del Altísimo, finalmente, promulga la sentencia que atraviesa las centurias y su sombra se alarga con el paso de las anualidades: “¡Qué grande es tu fe!”.
No dice qué grande es su linaje. Ni su posición. Ni su reputación. Ni su apariencia.
Su fe.
Tal vez esa sea hoy la pregunta que debería recorrer nuestras iglesias cuando, al caer la tarde, se encienden los candeleros y Sevilla comienza a recogerse bajo la penumbra azulada de sus campanarios: ¿qué queda de nuestra fe cuando desaparecen los adornos?
Porque al final de todo, cuando se apague la última vela, cuando el incienso deje de ascender y el paso regrese a la penumbra de su templo, quedaremos nosotros ante Cristo.
Y entonces quizá comprendamos que nunca fueron necesarias grandes palabras y hay milagros que comienzan precisamente cuando el hombre, reconociéndose pequeño, descubre que incluso las migajas que caen de las manos de Dios contienen suficiente eternidad para salvarle el alma.
Sean felices, mediten, recen y actúen en consonancia.
