Hay domingos en Sevilla que parecen escritos con la misma tinta con la que se anuncian los cultos. No sucede nada extraordinario y, sin embargo, acontece todo. La ciudad amanece despacio, como si también ella necesitara descansar de sí misma, y las campanas, con esa puntualidad antigua que ya forma parte del paisaje sentimental de los sevillanos, van poniendo nombre a las horas.
Es entonces cuando aparece la cama sevillana.
No hablo únicamente del lecho donde el cuerpo prolonga unos minutos más el sueño, sino de ese territorio íntimo donde el domingo adquiere una cadencia distinta. La cama, en Sevilla, puede ser refugio, memoria y hasta pequeña estación de penitencia. Entre sábanas todavía tibias, con la persiana dejando entrar una claridad tamizada, uno descubre que hay mañanas que no necesitan otra procesión que la de los pensamientos.
Fuera, la ciudad empieza a desperezarse.
Algún balcón conserva todavía las macetas de la víspera. Una moto rompe, por un instante, la solemnidad de la calle. En una cocina cercana se escucha el tintineo de una taza. Y quizá, desde alguna iglesia, llegue el eco remoto de una campana que parece llamar no tanto a misa como a la memoria.
Porque Sevilla tiene esa extraña virtud de convertir lo cotidiano en liturgia.
El domingo se desayuna sin reloj. El café sabe diferente cuando no lo acompaña la premura de un lunes. El periódico descansa sobre la mesa, esperando unas manos que todavía no han decidido levantarse. Y la luz, esa luz sevillana que jamás entra del mismo modo dos veces, se posa sobre las paredes con una delicadeza casi sacramental.
Hay algo profundamente cofrade en ese instante.
Quizá porque el sevillano aprende desde niño que la espera también forma parte de la fiesta. Que antes de que suene el primer golpe de llamador hay que preparar la ropa, encender la luz, abrir las puertas y aguardar. El domingo hace exactamente eso: nos enseña a esperar.
Pronto los templos abren sus puertas. Las hermandades celebran sus cultos. Hay cirios que se encienden, altares que amanecen revestidos de flores y titulares que contemplan, desde la penumbra de sus capillas, el paso lento de quienes vienen a visitarlos. En alguna plaza, quizá, un grupo de ancianos conversa sobre una cofradía como si la Semana Santa hubiese terminado ayer.
Aquí nadie olvida del todo.
Porque en Sevilla la Semana Santa no concluye cuando se recoge el último paso. Queda escondida en los cajones donde se guardan las estampas, en las fotografías amarillentas, en el terciopelo de una túnica, en el olor de una iglesia al caer la tarde y, sobre todo, en esa conversación aparentemente insignificante que vuelve una y otra vez sobre cómo iba aquel palio, cómo sonó aquella banda o cómo estaba aquella tarde el cielo.
Por eso también la cama de un domingo puede ser cofrade.
Porque bajo esas sábanas se duerme lo que queda de la madrugada del Jueves Santo; se sueña con una calle estrecha y un palio buscando su esquina; se recuerda el andar acompasado de un misterio; se escucha, quizá solamente en la imaginación, el redoble de un tambor que se pierde por una calle de Triana.
Y es que Sevilla tiene memoria de incienso.
La tiene incluso cuando huele a café.
A media mañana, la casa empieza a llenarse de sonidos. Se abren puertas. Se arrastran persianas. El agua corre por los patios. Alguien pregunta qué se va a comer. El domingo adquiere entonces esa solemnidad doméstica que tantas veces hemos heredado sin saberlo: la mesa preparada, la familia alrededor y el tiempo —por una vez— sin urgencia.
Fuera, el sol empieza a conquistar las fachadas.
Dentro, uno comprende que quizá la felicidad sevillana no consiste en que ocurra algo extraordinario, sino en reconocer la belleza de aquello que sucede siempre.
Un domingo cualquiera.
Una cama deshecha.
Una ventana abierta.
Una iglesia cercana.
Una campana.
Un recuerdo.
Y Sevilla.
Tal vez por eso, cuando llega marzo y la ciudad comienza a vestirse de azahar, no necesitamos aprender nuevamente a sentir. Ya lo hemos hecho durante todo el año, en mañanas como ésta, cuando todavía permanecemos unos minutos más en la cama y dejamos que la ciudad nos despierte lentamente.
Porque antes de que llegue la Cruz de Guía, antes del primer cirio encendido y antes de que una voz pronuncie el inevitable «¡ahí queó!», Sevilla ya ha comenzado su Semana Santa.
A veces basta con abrir los ojos. Y escuchar las campanas.
Sean felices.
