Pocas reconquistas del ingenio humano han irrumpido con tanta vehemencia en los dominios de la cotidianidad como esa inteligencia artificial que, a fuerza de aprender cuanto el hombre ha sido capaz de crear durante centurias, notas de clarines al cielo comienza ahora a devolvernos un reflejo tan perfecto como inquietante de nosotros mismos, como si de ese manido charco y la imagen catedralicia se tratase. También Sevilla, cuya memoria jamás ha necesitado servidores informáticos para conservar intacto el latido de sus devociones, ha visto cómo este nuevo artificio ha penetrado en el universo cofrade con la misma discreción con la que el incienso invade un templo: sin estridencias, pero transformando el ambiente.
Este Rey Santo afirma con vehemencia que no es la tecnología lo que provoca desasosiego, sino la tentación de confundir el prodigio técnico con la verdad artística. Porque una imagen procesiona mucho antes de abandonar su capilla. Lo hace en el silente gubiazo del escultor, en la vigilia precisa del hilván áureo del bordador, en la paciencia sempiterna del orfebre y en la plegaria íntima de cuantos convierten el oficio en vocación. Esa biografía invisible, hecha de desvelos, renuncias y fe, constituye la auténtica nobleza de una obra destinada al culto. Y ninguna sucesión de algoritmos, por admirable que resulte su eficacia, alcanzará jamás a reproducir semejante misterio.
La inteligencia artificial puede fabricar vírgenes inexistentes, cristos nunca tallados, altares imaginarios y palios que jamás conocerán el rumor de una calle sevillana al revirar entre naranjos en flor. Puede incluso hacerlo con una perfección capaz de engañar al ojuelo más ejercitado. Pero cuando la apariencia comienza a disputarle espacio a la autenticidad, el riesgo deja de ser tecnológico para convertirse en cultural. La recreación, si no se presenta con honestidad, termina erosionando la memoria; y una ciudad como Sevilla vive, precisamente, de recordar.
No conviene, sin embargo, responder con anatemas a cuanto representa el progreso. Toda herramienta es moralmente inocente hasta que la voluntad del hombre decide el uso que ha de darle. Empleada con rigor, la inteligencia artificial podrá servir para divulgar nuestro patrimonio, reconstruir lo perdido o ilustrar lo imaginado. Convertida en espectáculo, en cambio, corre el peligro de trivializar aquello que durante siglos ha sido fruto del sacrificio, del talento y de la devoción.
Quizá el verdadero desafío de nuestro tiempo no consista en enseñar a las máquinas a crear, sino en impedir que los hombres olvidemos por qué creábamos. Porque las cofradías nunca han sido un simple inventario de imágenes hermosas. Son la expresión visible de una fe transmitida de generación en generación, el depósito sentimental de una ciudad que ha aprendido a rezar contemplando el arte y a contemplar el arte como quien eleva una oración.
Y mientras Sevilla continúe distinguiendo entre la emoción nacida del artificio y aquella que brota de la verdad, los algoritmos podrán aprender a dibujar la belleza, pero seguirán ignorando el único lenguaje que jamás podrá programarse: el de la devoción.
Sean felices y gocen con lo que sus corazones sienten.
Fotografía: Hermandad de Monte-Sión.
