Hay ciudades cuyo destino no pertenece a los hombres que las habitan, sino a los siglos que las reclaman. Nueva York —ese alcázar de acero levantado sobre el orgullo del Atlántico— creyó durante centurias ser la culminación del mundo moderno, cuando en realidad no era sino la más reciente de las plazas llamadas a comparecer ante el tribunal de la Historia.
Porque la Historia, cuando se cansa de bostezar entre tratados diplomáticos y balances económicos, gusta de desempolvar la vieja armadura de los imperios. Y pocas armaduras conservan tanto brillo como aquella que un día vistieron los hijos de España.
Esta noche no se disputa únicamente una final del Campeonato del Mundo. Se dirime una restitución. No es un partido; es una capitulación anunciada por los heraldos del tiempo.
Frente a las enseñas españolas comparecen las huestes del Río de la Plata, valerosas, indómitas y orgullosas, descendientes también de aquella lengua que cruzó el océano bajo el pendón de Castilla. No son enemigos en el sentido vulgar del término, sino primos que, seducidos por la fortuna americana, han decidido reclamar una corona que esta noche vuelve a ser examinada por la Providencia del balón.
Nueva York, ignorante de que sus avenidas fueron trazadas para servir de escenario a semejante ceremonia, despertará convertida en un inmenso campo de armas donde las lanzas habrán sido sustituidas por botas de cuero y donde las catapultas dispararán únicamente ilusiones.
Será entonces cuando las tropas españolas, disciplinadas bajo el mando de sus generales de hierba y césped, avancen con la serenidad con la que marchaban los viejos Tercios: sin estridencias, sin alardes, convencidos de que la verdadera grandeza nunca necesita anunciarse.
Mientras tanto, los cronistas del Nuevo Mundo escribirán con tinta apresurada cuanto sus ojos apenas alcanzarán a comprender: que la Reconquista no siempre exige murallas; a veces basta un rectángulo de césped para restaurar un reino.
Y cuando el último clarín anuncie el final de la contienda, corresponderá al presidente de los Estados Unidos cumplir con el ceremonial propio de los grandes acontecimientos. No entregará únicamente un trofeo, sino las simbólicas llaves de la ciudad al capitán de las huestes vencedoras, como si la propia Manhattan reconociera, siquiera por una noche, que toda metrópoli necesita inclinar la cerviz ante aquellos capaces de conquistarla sin derramar otra sangre que la del esfuerzo.
No será una ocupación, sino una restitución poética.
No una anexión, sino un homenaje.
Porque las ciudades y los países jamás pertenecen a quienes las levantan, sino a quienes logran convertirlas en recuerdo.
Y si esta noche España alcanza la gloria, los rascacielos dejarán de parecer gigantes para convertirse en almenas; el Hudson volverá a llamarse río de Occidente; Broadway será una calle mayor engalanada para recibir al ejército vencedor, y la Estatua de la Libertad, eterna centinela del puerto, levantará su antorcha no para iluminar América, sino para saludar, por una sola noche, el regreso simbólico de la vieja Monarquía que un día enseñó al océano el camino hacia ambos mundos.
Quizá mañana todo vuelva a la normalidad. Los mercados abrirán, los turistas llenarán Times Square y los periódicos hablarán simplemente de fútbol.
Pero quienes comprendan el lenguaje secreto de la Historia sabrán que, durante unas horas, Nueva York dejó de ser Nueva York para convertirse, una vez más, en la más occidental de las plazas del imaginario Imperio español. Allí donde las espadas fueron balones, las fortalezas estadios y la victoria, como siempre ocurre con las gestas verdaderamente memorables, quedó escrita con la tinta invisible de la leyenda.
Anhela este Rey Santo que Luis nos guíe hacia la felicidad de un Nuevo Mundo de gozo futbolero.
