Ha pasado ya una anualidad desde que Sevilla vio cumplido uno de esos prodigios que parecen escritos por la mano invisible de la Providencia y la pluma encendida de algún cronista celestial. Un año desde que el augusto y sobrecogedor rostro del Santísimo Cristo de la Expiración, al que Triana y el mundo llaman con la sencillez inmensa de los amores verdaderos —El Cachorro—, abandonó por unos días el rumor humilde de la Calle Castilla para recibir culto nada menos que bajo la cúpula eterna de la Basílica de San Pedro del Vaticano, en el corazón mismo de Roma, donde los siglos huelen a incienso viejo, mármol húmedo y plegaria universal.
Y aún parece mentira.
Aún cuesta creer que aquel crucificado moreno, nacido del genio inmortal de Ruiz Gijón y de la leyenda desgarrada de un gitano agonizante junto al Guadalquivir, reposara bajo la mirada de Miguel Ángel y el amparo de los apóstoles. Que la misma imagen ante la que Triana llora cada Viernes Santo, la misma que escucha saetas quebradas y silencios de barrio, fuese contemplada por peregrinos llegados de todos los confines de la tierra, en todas las lenguas y todos los acentos de la fe.
Porque aquello no fue únicamente un traslado extraordinario. No. Aquello fue una catequesis de madera y clavos. Una evangelización silenciosa de voz en grito. Sevilla, tantas veces caricaturizada por quienes confunden la devoción con folclore, llevó al Vaticano la prueba irrefutable de que aquí la fe sigue latiendo con carne viva.
Y Roma lo entendió…
Lo entendió cuando los sevillanos, desperdigados entre columnatas y adoquines romanos, rompían a llorar apenas doblaban la vista y encontraban al Cachorro de Dios en aquel templo infinito en grandeza absoluta donde cabe el mundo entero. Lo entendió cuando muchos descubrieron que no existe frontera entre la religiosidad popular y la teología más elevada, porque ambas nacen del mismo sitio: la necesidad humana de mirar al cielo cuando la tierra pesa demasiado como Él mira al cielo de Triana, a la techumbre de su Basílica Menor y a los cielos majestuosos De San Pedro, allá donde el apóstol elegido puso aquella primigenia porción pétrea.
Qué misteriosa grandeza la de Sevilla, capaz de convertir una calle estrecha de Triana en camino hacia Roma.
Porque El Cachorro no viajó solo, ¡Negatividad absoluta! Con Él marcharon los recuerdos de generaciones y generaciones enteras que sienten en la oscuridad y la grandeza de sus túnicas negras y blanquecinas. Las abuelas que rezaron ante sus plantas. Los marineros del río. Los costaleros con la cerviz quebrada de amor. Los niños que aprendieron a santiguarse viendo pasar su paso entre cirios encendidos. Marchó Triana entera, marchó Sevilla entera, metida en una caja de incienso y lana de merino.
Y marchó Sevilla, ¡certeza plena!, esa ciudad contradictoria y barroca que unas veces parece taberna y otras Jerusalén.
Durante aquellas fracciones, Roma tuvo algo del olor de nuestras iglesias al atardecer. Alícuotas del eco de las campanas de Santa Ana. Alícuotas de esa forma sevillana de entender la trascendencia, donde Dios no se contempla desde lejos sino que se acompaña, se reza y hasta se llora como a un padre.
Una anualidad a posteriori, permanece intacta la emoción.
Porque hay eventualidades que no concluyen cuando se apagan los cirios ni cuando regresa la última maleta. Hay sucesos que se convierten en memoria colectiva y terminan perteneciendo a la historia sentimental de una ciudad. Y aquel encuentro entre Triana y el Vaticano ya es uno de ellos.
Quién le hubiera dicho a aquel barrio de alfareros, marineros y corrales de vecinos que su Cristo acabaría siendo venerado en el mismo centro de la Cristiandad.
Quién le hubiera dicho a Sevilla que Roma acabaría hablando en trianero.
Y, sin embargo, quizá todo tenía sentido desde el principio. Porque el rostro del Cachorro posee algo universal. Algo que trasciende fronteras, idiomas y siglos. Esa expresión suspendida entre la vida y la muerte, entre el dolor y la misericordia, contiene la tragedia entera del ser humano y, al mismo tiempo, la esperanza definitiva.
Por eso emocionó tanto verlo allí.
Porque en mitad de tanta piedra imperial y tanta solemnidad vaticana, apareció de pronto la verdad desnuda de un Cristo sevillano expirando por el mundo.
Y Roma, por un instante, olió a azahar.
