¿Qué te exalto yo, Rey y Santo, que no te haya dicho nadie, Sevilla mía, si hasta el aire que te roza parece saberse de memoria tu hermosura?
Eres suspiro antiguo y latido eterno, ciudad que no se vive: se encarna.
Te vistes de ilusión cuando enero derrama caramelos en la Cabalgata de Reyes Magos, y en los ojos de los niños florece un cielo que ni los ángeles supieron pintar.
Te recoges después, como dama que medita su belleza, y la Cuaresma te vuelve íntima, de incienso contenido y promesas calladas, mientras tus templos murmuran lo que el alma apenas se atreve a decir.
Y llega entonces tu hora más alta, cuando la Semana Santa te quiebra en saeta y te recompone en silencio, cuando cada paso es un verso y cada lágrima, una verdad sin disfraz.
Mas no acaba ahí tu grandeza, porque cuando el polvo del camino anuncia al Rocío, te haces romera y te desbordas en fe que no entiende de cansancio, ni de distancias, ni de razones.
Sevilla, prodigio de luz y de hondura, no hay palabra que te alcance ni pluma que te encierre.
Solo queda rendirse —como rey y como hombre— ante el milagro diario de tu nombre.
Sean felices por haber nacido en Sevilla.
