Cuando el penúltimo farolillo se marchite

Avatar de Rey San FernandoPublicado por

Cuando la Feria de Abril declina y la noche postrera extienda su manto sobre el Real, acontecerá una melancolía que no cabe en cántaro ni en garganta. El penúltimo farolillo, fatigado de tanta risa y tanta aurora, pende ya como flor vencida por el peso de la alegría consumida. Su papel, que hace apenas unas horas ardía en colores de júbilo, se marchita ahora con dignidad de estandarte que supo servir a la fiesta y acepta, sin queja, el dictado del alba.

Van cerrándose las casetas como se cierran los libros amados por esa última página con olor a lignina: despacio, con respeto, con esa torpeza noble de quien quisiera demorar una página más. El albero, tantas veces sacudido por el compás de sevillanas y el trote ceremonioso de caballos y enganches, queda rendido bajo una fina capa de silencio. Aquí y allá persiste el eco remoto de una copa alzada, de una carcajada tardía, de una promesa hecha al calor de un lance de la cuarta sevillana y destinada quizá a no sobrevivir al lunes.

Apagarán las luces. Una a una, con la parsimonia de los rituales irrevocables, se irán rindiendo las bombillas que hicieron del recinto la ciudad soñada. Y cuando la portada, soberbia centinela de la septenaria de la luz, del color y de la alegría, quede desnuda de resplandor, sentirá Sevilla ese breve escalofrío que dejan las cosas hermosas cuando se despiden.

Entonces sonarán los fuegos artificiales, mas no como estruendo de victoria, sino como campanas de clausura. Cada estallido en el cielo será un recuerdo que se rompe en chispas: la amistad reencontrada, el baile improvisado, el perfume fugitivo, la mirada que no se olvidará fácilmente. Todo arderá un instante en la techumbre celestial del reino, para extinguirse después, como enseña la vida que hacen las dichas verdaderas: fulguran, conmueven y pasan.

Vendrá luego la vuelta a la normalidad, esa señora severa que aguarda siempre a la puerta de las celebraciones. Regresarán los relojes, los papeles, las prisas, el gesto cansado de los días útiles. Mas en los bolsillos del alma quedará albero invisible, y en los bajos de los trajes de flamenca, como huella casi imborrable del que ya aguarda a la siguiente y en la memoria, una música que acudirá de pronto cualquier tarde gris para recordarnos que fuimos felices.

Y ya, entre la ceniza luminosa del final, Sevilla mira de reojo hacia otra promesa: la romería del Rocío. Porque esta tierra, sabia en dolores y abundante en esperanzas, no permite que la nostalgia se aposente demasiado tiempo. Apenas muere una fiesta, ya alza la siguiente su llamada de marismas, polvo, tamboril y plegaria.

Así se extingue la Feria: no vencida, sino cumplida. Y el último farolillo, al apagarse, no dice adiós, sino hasta luego.

Hemos sido extremadamente y superlativamente felices en la infinitud de eventualidades vividas entre caseta y caseta, por la gracia del Altísimo. Que sigan siéndolo y mostrándolo al mundo como solo Sevilla sabe hacerlo.

Deja un comentario