Hay imágenes que no necesitan grandes explicaciones para imponerse. Basta detenerse delante de ellas unos segundos para entender que estamos ante una obra que respira equilibrio, belleza y una profunda serenidad. Eso es exactamente lo que ocurre con las tallas de San José y el Niño Jesús, realizadas por Martínez Montañés entre 1610 y 1620, una de esas obras en las que el maestro demuestra por qué sigue siendo una referencia imprescindible del barroco sevillano.

San José aparece erguido, pero no rígido. Todo en él transmite reposo, naturalidad y una elegancia contenida que no busca llamar la atención, pero la consigue. Su figura responde a un contrapposto clásico, de esos que parecen sencillos cuando los ves terminados, pero que en realidad esconden un dominio absoluto de la anatomía y del movimiento. Adelanta ligeramente el pie izquierdo, flexiona esa misma rodilla y deja que el peso del cuerpo recaiga sobre la cadera derecha. Ese pequeño desplazamiento, casi imperceptible para quien mira deprisa, es el que da vida a la talla. Porque aquí no hay estatismo. Hay equilibrio. Hay respiración. Hay presencia.
Ese movimiento se percibe también en el tratamiento de los ropajes. La túnica cae con orden y firmeza, ceñida por un cinto anudado en el lado derecho, mientras el manto se desliza por la espalda y se recoge en torno al brazo izquierdo. Nada está puesto al azar. Todo responde a una composición limpia, sobria y muy pensada, en la que cada pliegue ayuda a reforzar la sensación de armonía general. Montañés no solo talla figuras. Construye una forma de mirar.
En la mano izquierda, San José porta la tradicional vara de azucenas, símbolo de pureza y atributo inseparable de su iconografía. Con la derecha sostiene al Niño Jesús, que bendice con su mano derecha, completando una escena de enorme ternura y, al mismo tiempo, de profundo contenido teológico. Esa es una de las grandes virtudes de este tipo de imágenes: saben ser cercanas sin perder solemnidad. Conmueven sin caer en el exceso. Y eso no es fácil. Eso es oficio. Y del bueno.

Ambas tallas llevan sandalias, un detalle que refuerza su naturalidad y su carácter humano. Y hay otro dato importante que conviene no pasar por alto: la policromía y el estofado que hoy contemplamos son del siglo XVIII. Es decir, la obra no solo pertenece al momento de su talla original, sino también a la historia posterior que la fue enriqueciendo con el paso del tiempo. Porque el patrimonio no es una pieza cerrada ni inmóvil. Es una realidad viva, que se conserva, se interviene y se transmite de generación en generación.
Y ahí está precisamente su valor. Estas imágenes no son solo un testimonio artístico. Son también memoria, devoción y permanencia. Nos hablan de una forma de entender el arte sacro en la que belleza y mensaje van de la mano. Nos recuerdan que una talla puede ser mucho más que una obra de madera policromada. Puede convertirse en un lenguaje que atraviesa siglos y sigue diciendo cosas hoy.
A veces creemos que conocemos estas imágenes porque las hemos visto mil veces. Pero basta mirarlas con calma para descubrir nuevos matices, nuevos gestos, nuevas intenciones. Y quizá ahí esté la clave de obras como esta. Que no se agotan nunca. Que siempre tienen algo más que contar.

Fotografías: Parroquia de la Magdalena, Ángela Vilches y Ars Magazine.
