Transcurrida ya más de una semana, seguimos paladeando las mieles de lo que ha sido una Semana Santa plena, sin necesidad de consultar las actualizaciones de la AEMET ni temer por la salida procesional de cofradía alguna. En lo estrictamente cofrade, ha resultado modélica, con temperaturas benignas la mayor parte de los días. Desde ahí, cualquier reparo es secundario; lo esencial se ha cumplido y disfrutado, que es, en definitiva, lo verdaderamente sustancial.
No obstante, en el plano personal, me queda un leve regusto amargo —un temor, en realidad—: la configuración de la fiesta que se está urdiendo desde la óptica del temido «gobernador» de Manuel Chaves Nogales. Quien haya recorrido las calles estos días, lejos de la comodidad de un balcón en la Campana o en Francos, sabe bien que deambular por la ciudad resulta cada vez más arduo. Incluso fuera de la denominada «zona 0», el tránsito se vuelve progresivamente más difícil, debido a vallados y boinas de variopinta gama cromática que lo impiden.
Defiendo la seguridad como pilar indispensable de toda celebración; sin embargo, muchos hemos tropezado con cortes que parecían responder más al afán de entorpecer que a la protección de quienes desean vivir las cofradías a pie de calle.
No es casual que desde la Plaza Nueva, la calle San Gregorio y la Plaza Virgen de los Reyes lleven años acaparando buena parte de la celebración para solaz y deleite de los ocupantes de las sillas de enea. Todo se articula para que las hermandades más mediáticas comparezcan allí en horas clave. El debate sobre retrasos o fluidez se reduce a ese kilómetro largo, ignorando la realidad de quienes culminan su estación de penitencia de madrugada. Si un palio regresa a su templo a las 4:25, poco importa: por la Campana pasó a buena hora, y quien lo contempló allí llevará seis o siete horas de sueño cuando el nazareno del último tramo del palio de la Virgen de las Aguas alcance su hogar. Ese nazareno y sus penalidades no cuentan; el eje de la celebración es el ocupante de la silla.
En la carrera oficial, todo fluye con precisión: cortejos acompasados, repertorios selectos y amplia cobertura mediática que refuerza su centralidad. Hubo un tiempo, no muy lejano, en que ese espectáculo podía ser contemplado por cualquiera; hoy, en cambio, ya no: mamparas colosales evidencian que se trata de un espectáculo privado y exclusivo. Como digo, la estrategia no es novedosa de este año, sino un proceso que progresa año tras año.
Cualquiera con cierta experiencia política o conocimiento del modus operandi sabe que los cambios traumáticos se introducen mediante la llamada «teoría de la rana». Si se arroja una rana en agua hirviendo, saltará de inmediato; mas si se la deposita en agua templada y se incrementa el calor paulatinamente, se adormece hasta quedar sin capacidad de reacción. Tal es la estrategia que desde hace años se sigue con la carrera oficial.
Si examinamos la evolución desde la década de los ochenta, advertimos cómo primero se asumió la gestión, después la privatización mediante mamparas y, más tarde, la progresiva ampliación de las sillas. Paralelamente, fuera de la carrera oficial cada vez resulta más difícil ser un cofrade «dinámico», que recorre la ciudad en busca de enclaves estratégicos. Ya no es posible transitar con tranquilidad por calles como Cuna, Francos, Almirantazgo, Cuesta del Rosario o Bacalao, aun cuando no haya cofradías en ellas. Alguien armado —y, por lo común, de más de 1,80 de estatura— lo impide. Ello, se quiera o no, constituye un método notablemente eficaz para vedar el paso. Cruzar la carrera oficial por algunos de sus escasos accesos resulta insufrible. A ello se añade la proliferación de estructuras televisivas o de señales gigantes de «prohibido sillitas», bajo las cuales, paradójicamente, se instalan asentamientos. Todo deviene en obstáculo e incomodidad fuera de la
carrera oficial.
La estrategia prosigue: comienzan a incomodar los nazarenos. El público abonado desea pasos, no insignias, y mucho menos interminables filas de nazarenos. Se impulsa así la idea de que constituye un inconveniente que una hermandad cuente con 2.000 o 5.000 nazarenos. Es decir, molesta que las hermandades posean vida, que es precisamente lo que representa una larga fila de nazarenos. Julio Cuesta acertó de pleno al calificarlos de beduinos cuando irrumpen en Campana. Se va normalizando como lógico lo que, en puridad, resulta del todo ilógico. El nazareno deviene irrelevante; así se recuerda en cada programa o artículo, por si quedara duda. Si una hermandad acumula veinticinco minutos de retraso, pero entra con dignidad, es señalada e injuriada; si, por el contrario, arrolla a su cortejo y entra sin compostura, pero en hora, se erige en modelo. La fiesta que pretenden que pidas. Hace treinta años esto habría parecido una barbaridad; hoy ya es tarde: la rana permanece adormecida en la olla.
Se construye así un debate ficticio —que ni siquiera debería suscitarse— que, reiterado durante años, termina por calar: ¿debe limitarse el número de nazarenos? Así funciona la condición humana; por eso la teoría de la rana resulta tan eficaz. En las décadas de 1970 y 1980, plazas como Molviedro, San Andrés o el Duque rebosaban de vecinos sevillanos, en su mayoría nacidos en el barrio. Si alguien hubiera planteado sustituirlos por turistas de un día para otro, nadie lo habría tolerado. Hoy, sin embargo, en esas plazas apenas reside vecino alguno y el comercio local casi ha desaparecido, pero se acepta con resignación: «Es el turismo, y genera riqueza; ¿qué se le va a hacer?». He ahí un ejemplo palmario de la teoría de la rana: un hecho escandaloso y lesivo que la
población ha terminado por asumir.
Quienes analizamos estos fenómenos desde una perspectiva profesional y académica sabemos que la carrera oficial avanza por idéntica senda. Cuando se convierta en un espacio completamente cerrado, de horarios milimétricos y con serias trabas para el movimiento en su entorno, la Semana Santa y el propio recorrido oficial devendrá un espectáculo concebido exclusivamente para el visitante. En esa lógica se comenzó hace años a introducir paquetes turísticos: uno aquí, dos allá, diez en otro enclave… como antaño se implantó un pequeño hotel o un único apartamento turístico en Molviedro, San Andrés o el Duque. Donde hoy se obtienen cuatro millones, mañana se obtendrán veinte. Se verán beneficiadas hermandades, bandas, artesanos y medios, que lo normalizarán; pero se perjudicará al cofrade que hoy dispone de silla y al de a pie, que entonces lo asumirá con naturalidad: lo seguirán por YouTube o televisión desde una modesta habitación en Tocina o Burguillos, lejos de Molviedro, San Andrés o el Duque. Las retransmisiones serán cada vez más atractivas y se evitará el disgusto de deambular sin cesar en busca de calles transitables o de escuchar, en una vía desierta, a alguien armado espetar: «Por aquí no pasas». Será, en suma, una rana adormecida en agua hirviente.
