Ayer entraba en la capilla como tantas otras veces. Sin buscar nada extraordinario, solo a Él. Como se entra en los lugares que también son casa. Había poca gente y lo agradecí. Nunca me gustó el tumulto ni el bullicio para las cosas importantes. Hay momentos que piden silencio y despedirse, aunque solo sea por un tiempo, es uno de ellos.
Caminé tranquila, sin romperme hasta ponerme delante de Él con esa mezcla extraña que dejan los días señalados. Sabes que estás viviendo algo sencillo y, al mismo tiempo, profundamente importante. No hacen falta grandes ceremonias para notar cuándo un instante pesa de verdad.
Al mirarlo, lo primero que sentí ha fue agradecimiento. Mucho. Un agradecimiento limpio, sereno, sin adornos. Del que viene del corazón, del alma. De ese que nace cuando una presencia ha acompañado tantos años de tu vida que ya forma parte de tu manera de mirar el mundo. Porque al Cristo de las Penas yo no lo siento lejos, lo siento cercano. Lo siento mío en el sentido más noble de la palabra. No como posesión, sino como pertenencia. Porque una también pertenece a aquello que ama.
Sé que durante estos seis meses lo vamos a echar muchísimo de menos. Yo, desde luego, sí. Sería absurdo fingir otra cosa. Habrá días en los que entrar en la capilla y no verlo se hará raro. Muy raro. El ojo irá a buscarlo por costumbre y el alma también.
Entonces aparecerá ese vacío visual que solo entiende quién ha conocido la plenitud de una presencia. Porque donde Él está, todo parece ordenarse. Donde Él está, la prisa baja la voz. Donde Él está, una encuentra una calma difícil de explicar a quién nunca la ha sentido. Para muchos será una Imagen sin más. Para otros, una devoción. Para mí, además, es bálsamo, paz y refugio.
No hablo de refugio como huida. Hablo de ese lugar interior al que una vuelve cuando necesita agradecer, pedir fuerzas, guardar silencio o simplemente estar. A veces se viene con una pena. A veces con una alegría. A veces sin saber siquiera por qué se ha venido y sin embargo, basta ponerse delante para entenderlo todo un poco mejor.
Por eso duele su ausencia anunciada. No por costumbre vacía. No por romanticismo fácil. No por apego superficial. Duele porque cuando algo ha estado contigo de verdad, su falta se nota. Así de simple.
Pero junto a esa pena hay algo más grande: la tranquilidad.
Se va para cuidarse. Se va para que el tiempo no avance donde no debe. Se va para una limpieza necesaria, para reparar grietas, para conservar con respeto lo que tantas generaciones han amado. Y eso no es separar, eso también es querer.
A veces olvidamos que incluso aquello que veneramos necesita cuidado material. La madera acusa los años. La policromía soporta el paso del tiempo. El polvo se posa como se posan las décadas. Nada terreno escapa al desgaste y precisamente por eso existe la responsabilidad de conservar, de atender, de no mirar hacia otro lado hasta que sea tarde. Hay una forma madura de amar que consiste en cuidar antes de que se rompa del todo. En no esperar al daño irreversible. En aceptar que preservar también exige decisiones difíciles. Esta es una de ellas.
Y además se marcha en las mejores manos. Eso me da una paz enorme. Saber quién lo va a restaurar, saber que estará tan cerca de su casa, saber que habrá conocimiento, sensibilidad y respeto en cada intervención. No se entrega algo así a cualquiera. No se pone la memoria de tantas familias en manos improvisadas. Y aquí no hay improvisación, hay criterio y hay garantías.
Quizá por eso, junto a la emoción, siento también orgullo. Un orgullo hondo y sereno de ser estrellista y de ser hija del Cristo de las Penas. Porque para mí Él no empieza ni termina en una capilla. Empieza en mi casa. Es el Cristo de mis padres y de mi hermano. De mis tíos. De mis primos. De mis sobrinos. De mis amigos. Es el Cristo que ha estado nombrado en conversaciones familiares, en promesas calladas, en recuerdos compartidos, en días felices y en días torcidos. Es una presencia heredada y, al mismo tiempo, elegida. Y con los años la familia crece, cambia, se ensancha. Por eso también es ya el Cristo de mi mujer y de mi niña, porque lo verdadero, cuando lo es de verdad, no se encierra, se comparte.
Lo mismo me ocurre con la Virgen de la Estrella, luz de mi vida y puerto donde anclar. Ese lugar al que acudir para pedir cuando aprieta la vida y para agradecer cuando regala treguas. Hay vínculos que no necesitan explicación porque se entienden viviéndolos.
Quién no sienta esto quizá lo mire desde fuera y no lo comprenda. Está bien. No todo lo importante cabe en argumentos. Hay cosas que pertenecen al territorio íntimo de la memoria, de la fe, del barrio, de la infancia, de lo heredado con amor.
Durante estos seis meses la capilla tendrá otro silencio. Un silencio distinto. Tal vez más desnudo. Tal vez más elocuente. Y también será una oportunidad para recordar que la devoción no depende solo de la presencia física. Que se puede echar de menos y seguir estando cerca. Que también se acompaña esperando. La espera, cuando nace del cariño, tiene algo noble. Enseña paciencia. Recuerda el valor de las cosas. Limpia la mirada de rutina. A veces no sabemos cuánto significa algo hasta que falta por un tiempo. No falla: el ser humano necesita que le retiren la silla para descubrir lo mucho que descansaba en ella. Somos así.
Por eso esto no es una despedida. Las despedidas tienen un punto y final definitivo, una puerta que se cierra, una ausencia sin fecha. Y aquí no hay nada de eso. Aquí hay cuidado. Hay responsabilidad. Hay amor puesto en forma de decisión difícil. Hay un tiempo de espera con horizonte de regreso.
Aquí hay un hasta luego.
Te echaremos de menos, claro que sí. Se hará raro entrar y no encontrarte. Habrá miradas que te busquen por inercia y corazones que te nombren sin decir palabra pero también habrá alegría al saberte cuidado, restaurado, protegido para seguir siendo presencia para los que están y para los que vendrán. Porque de eso va también la herencia: de recibir algo valioso y entregarlo mejor conservado.
Así que no me sale decir adiós. No sería verdad. Me sale darte las gracias. Me sale sentir orgullo. Me sale confiar y me sale esperar.
Aquí estaremos, Padre. En tu casa. Con tu Bendita Madre. Con el mismo amor de siempre O quizá, después de estos seis meses, con más todavía.
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Fotografías: Estrella Carreño.
