La espera

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Sevilla guarda silencio,
como un pecho que respira hondo
antes del primer latido de la tarde.
La ciudad espera.

Es una espera antigua,
tejida en azahar y cera,
en el murmullo de las cornisas
y en los pasos que aún duermen
detrás de las puertas cerradas.

Porque la Semana Santa
no comienza cuando suenan las cornetas,
ni cuando la cruz de guía corta la noche.
Comienza mucho antes:
en la espera.

Es la espera del niño
que mira el cielo del Domingo de Ramos
buscando palmas que aún no han salido.

La espera del abuelo
que sabe de memoria
cómo huele la madrugada.

La espera del costalero
que apoya la frente en la madera
mientras el tiempo se queda quieto.

Sevilla espera.
Espera al Gran Poder,
Señor de la ciudad callada,
que camina despacio
como si cargara con todos los silencios
de los barrios antiguos.

Espera a la Macarena,
Esperanza verde como la aurora,
que rompe la noche
con un temblor de lágrimas y oro.

Espera a la Esperanza de Triana,
luz sobre el río,
estrella que se refleja en el agua
cuando el barrio entero se vuelve suspiro.

Espera al Cachorro,
Cristo de la última mirada,
donde el dolor se vuelve belleza
y el Guadalquivir parece detenerse.

Espera también
al Señor de Pasión,
sereno como un rezo antiguo.

Y mientras tanto,
Sevilla aguarda.
Aguarda en los talleres
donde la madera despierta.

En las iglesias
donde el incienso se eleva despacio.
En los balcones
donde alguien limpia la baranda
como quien prepara el alma.

La ciudad sabe
que algo está a punto de suceder.
Que vendrán pasos
que harán temblar el adoquín.

Que vendrán saetas
abriendo heridas en el aire.
Que vendrán madrugadas
tan llenas de fe
que hasta el silencio tendrá lágrimas.

Pero todavía no.
Todavía es tiempo de espera.
Tiempo de mirar el cielo de Sevilla
como quien mira una promesa.

Tiempo de sentir
que cada calle
es un latido contenido.

Porque cuando todo empiece,
cuando la ciudad se vuelva cirio
y el viento huela a Semana Santa,
entenderemos por fin
que la espera también era milagro.

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