Aguarda, que el reloj de la vida está a punto de detenerse en la hora escogida, esa que a ti y a mi nos sigue marcando las costuras del tiempo.
Demora las prisas, que nada turbe el aroma de tus promesas.
Y arría la sonrisa, que en menos de lo que piensas, una cuadrilla estará izquierdando rezos tras un nube de incienso, un cortejo de hermanos y una banda enamorando al aire con sus melodías.
A Dios le quedan un par de lunas para volver a entrar en la Jerusalén de tu infancia, ese recodo de los años a donde siempre volvemos en torno al rumor de una cofradía.
A su Madre aun le quedan hilvanes con los que coserse el corazón tras cada marcha, tras cada saeta y tras cada revirá de esas que le van deshojando la pena.
Mientras tanto, en el silencio de las iglesias los pabilos mastican nervios.
Las papeletas de sitio ya sienten el calor del hogar. Y los llamadores hablan con los respiraderos cuando nadie los ve.
La luz anda trazando sombras al mediodía para volver a coger el mejor sitio.
Los balcones vuelven a maquillarse.
Y las flores están rompiéndose por dentro para esperar un poco más y florecer por fuera.
Un capataz desanda y anda la ciudad estos días para dar sí a unos zapatos nuevos.
Unos globos esperan a ser hinchados.
Y el cielo vuelve a pedirle al Cielo que ni se le ocurra aparcar estos días nubes cerca de sus horizontes.
Unos jóvenes desnudan pétalos en un casa de Hermandad.
Unos mayores planchan sueños antes de colgarlos en la misma alcayata de siempre.
Y unos abuelos vuelven a suspirar porque han llegado con fuerzas a esta nueva Luna de Nisan.
Descuenta suspiros…
Descuéntalos conmigo…
Y recuerda…
Abre los ojos y espera
al que muere en tus adentros,
y sal por fin a su encuentro
de la forma más sincera.
Que el alma, ya prisionera
de un rito que se agiganta,
frente al madero se planta
con la humildad del que siente
que Dios se hace aquí presente,
al llegar Semana Santa.
