El primer lunes de la Cuaresma de 2026, Sevilla amaneció con ese temblor antiguo que no se aprende ni se enseña: se hereda.
Era lunes 23 de febrero, fecha señalada en el calendario íntimo de la ciudad, cuando el tiempo deja de ser tiempo y pasa a ser memoria. El Cristo de la Buena Muerte de la Hermandad de la Hiniesta, obra de Antonio Castillo Lastrucci en 1937, fue llamado a presidir el viacrucis de las Hermandades, ese rezo que es columna vertebral de la Cuaresma hispalense
Su traslado a la catedral
A las 16.15 horas, cuando el sol comienza a inclinarse con dulzura sobre los tejados de San Julián, el cortejo se puso en la calle. No hubo prisa. Nunca la hay cuando Sevilla reza andando.
El Cristo de la Buena Muerte, erguido en la sobriedad de sus andas, inició un discurrir que fue catequesis viva por el corazón de la ciudad: Macasta, Sorda, San Luis… nombres que no son calles, sino estaciones del alma. El barrio lo despidió con ese silencio que no es ausencia de ruido, sino plenitud de sentido.
La ciudad fue cambiando de acento conforme avanzaba el cortejo. De la intimidad de la feligresía a la amplitud de plazas como la del Salvador o San Francisco, donde el murmullo se convierte en respeto. A cada paso, Sevilla parecía inclinarse levemente, como si reconociera en la cruz la medida exacta de todas las cosas.
A las puertas de la catedral, por Campanillas, el Cristo llegó en torno a las 19.55 horas. La tarde se había hecho casi noche. Y la piedra, eterna testigo, aguardaba.
El viacrucis en la catedral
A las 20.00 horas comenzó el rezo de las estaciones del viacrucis. Dentro del templo metropolitano, todo adquiere otra dimensión: la voz se vuelve eco, la luz se hace símbolo y el silencio… el silencio se convierte en palabra.
Las catorce estaciones se sucedieron con la participación de distintas hermandades, que fueron poniendo voz al dolor redentor. No era solo un acto litúrgico: era Sevilla entera rezando con nombres propios, con historias concretas, con heridas abiertas y esperanzas obstinadas.
El Cristo de la Buena Muerte presidía desde la sobriedad, sin estridencias, con esa estética que no busca emocionar, sino atravesar. Al llegar al Altar Mayor, la oración alcanzó su cumbre, culminando con la reflexión final del arzobispo, como quien cierra un círculo que empezó hace siglos y aún no ha terminado.
Regreso a San Julián
Y entonces, cuando la noche ya era dueña de Sevilla, el Cristo volvió a la calle. A las 21.30 se inició el regreso .
El itinerario de vuelta fue distinto. Como si la ciudad quisiera ofrecer otros paisajes al crucificado: la Cuesta del Rosario, la Alfalfa, el Cristo de Burgos… rincones donde la noche se hace más íntima y el recogimiento más hondo.
El discurrir fue más lento, si cabe. Más reflexivo. Como si cada zancada pesara un poco más, no por cansancio, sino por conciencia. Sevilla, a esas horas, no mira: contempla.
Pasada la medianoche cercana, en torno a las 23.50 horas, el Cristo de la Buena Muerte regresó a San Julián . Y allí, donde todo empezó, terminó —o quizá comenzó— todo.
Porque el viacrucis no acaba cuando se cierran las puertas. Permanece. Late. Se queda suspendido en la memoria de una ciudad que, cada Cuaresma, vuelve a aprender que la muerte, cuando es buena, nunca es el final.
Vídeos: Carlos Iglesia.
