Yo, Fernando, Rey y Santo por la gracia del Altísimo, que hube de conquistar esta Sevilla para mayor honra de Dios Padre, tomo hoy la pluma con el recogimiento que exige este domingo señalado, donde la ciudad se debate entre la palabra proclamada y el silencio que redime.
En el noble recinto del Teatro de La Maestranza el pregonero, cual heraldo de tiempos antiguos, se yergue abrazado al atril, desgranando con verbo encendido las esencias de nuestra Semana Santa. Su voz, que ora tiembla, ora se alza, pretende ceñir en palabras lo que Triana y Sevilla guarda en sus entrañas desde siglos: fe, memoria y emoción que no cabe en medida humana.
Mas mientras el verbo vuela y se hace eco en la platea, hay otro lenguaje —más hondo, más eterno— que se pronuncia sin sonido en la sacra penumbra de la Basílica de Triana, la del Santísimo Hijo de Dios expirante que nunca muere. Allí, la delicada presencia de la Virgen del Patrocinio, Nuestra Madre y Señora, se ofrece en devoto besamanos, con la dulzura infinita de quien no necesita palabras para reinar en los corazones ni derrama lágrima ante la tragedia manuscrita y profetizada.
¡Oh contraste bendito el de esta jornada!
De un lado, la elocuencia que proclama; de otro, el silencio que consuela. De un lado, la Sevilla que escucha; de otro, la Triana que acude, que se inclina, que besa la mano de su Madre con temblor contenido y alma desnuda.
Ved cómo se entrelazan los caminos: el del pregón, que anuncia; y el del besamanos, que acoge. Porque si el primero despierta la conciencia de un pueblo, el segundo la abraza y la sostiene. Y así, entre la palabra y el gesto, Sevilla se va vistiendo de eternidad.
Acudid, pues, hijos de esta tierra mía, no solamente a la audición lo que se dice, sino a sentir lo que se calla. Que mientras el pregonero cincela con su voz los días venideros, Patrocinio, mediadora de la totalidad, en su infinita paciencia, ya os espera con las manos abiertas, dispuesta a recoger vuestras cuitas y a bendecir vuestros anhelos.
Y yo, vuestro Rey, que tanto amo esta ciudad hasta hacerla mía en cuerpo y espíritu, os digo: no hay pregón más verdadero que el susurro del alma ante la Madre. Allí comienza, en silencio, la más pura de las Septenarias Santas.
Sean felices.
