Yo, Fernando, Rey y Santo por la gracia del Altísimo, y desde la quietud solemne del tiempo litúrgico tomo la pluma para dejar memoria escrita de este dominical señalado, en el que las aguas del Río Jordán sellan el tránsito y clausuran el gozoso paréntesis de la Navidad.
Hoy contemplamos al Hijo amado que, sin mancha ni necesidad, desciende humildemente al río y se somete al Bautismo, no por carencia propia, sino por plenitud de obediencia. Y en ese gesto, tan sencillo como inabarcable, el cielo se rasga, el Espíritu se posa y la voz eterna proclama lo que el mundo ha de recordar siempre: que Dios se manifiesta en la mansedumbre, y que la grandeza verdadera no alza estandartes, sino que se inclina.
Con esta festividad se repliegan los ecos del portal, se apagan las luces del gozo encarnado y la Iglesia, madre sabia, recoge los paños de la infancia divina para ofrecerlos al silencio del tiempo ordinario. No es despedida amarga, sino cierre sereno: la Navidad no muere, se transforma; deja de ser canto para hacerse camino.
Y mientras aún resbalan en la memoria las luces, los villancicos y la dulzura de la carne recién nacida, con la marcha de SSMM, el alma, previsora, comienza a otear el horizonte austero de la Cuaresma. Se presiente ya, como brisa lejana, el llamamiento a la conversión, el despojo, la ceniza que enseña más que mil discursos. Del agua al polvo, del río a la cruz: así se traza el arco santo del año cristiano.
Sea, pues, este día umbral y frontera. Que el Bautismo del Señor nos purifique también la mirada, para entender que todo comienzo exige renuncia, y que toda gloria auténtica pasa antes por la obediencia y el sacrificio. Y que, cerrada la Navidad, no cerremos el corazón, sino que lo preparemos —con disciplina y esperanza— para el combate luminoso que se avecina.
Así queda manuscrito, mientras anhelo gozo pleno para la totalidad. Sean extremadamente felices.
