Cuando la vara pesa más que la devoción

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Dicen que los símbolos pesan más que las palabras. Y en Sevilla, pocas cosas son más potentes que un murmullo recorriendo la nave central de la Basílica Macarena, cuando se abren sus puertas, los feligreses atraviesan el atrio y no encuentran la mirada que esperan: la de siempre.

Ayer, escribí sobre cómo la figura de Francisco Arquillo descendía en picado del cielo al infierno en apenas unas horas. Reflexionaba sobre la velocidad con la que las redes sociales modelan —y devoran— reputaciones. Hoy, el foco se desplaza a otro escenario de esta misma historia: la junta de gobierno.

Nadie con sensatez puede justificar su gestión reciente. Ni siquiera ellos mismos: algunos han pedido perdón, otros han dimitido. Lo que reina es una sensación de desgobierno —o de algo que se le parece demasiado—, instalada desde hace ya un mes. Antes de eso, la balanza mostraba luces y sombras. Pero desde el accidente que dañó el manto de los Cisneros hasta la fallida intervención de la Esperanza, terminó por apagar las luces. Ese «nudo de putrefacción» en la zona dorsal no sólo señala un deterioro material: es también la huella de una herida moral. Cuando la oscuridad es tan densa, ni siquiera la Rosa de Oro logra brillar.

Lo que ha ocurrido en la Macarena no es un simple error administrativo ni un episodio puntual de descoordinación. Es el síntoma de algo más profundo. La hermandad es una institución gigantesca, con presencia real y simbólica en lo religioso, en lo social, en lo político y en lo empresarial. Esa dimensión transversal la hace fuerte, pero también la vuelve vulnerable. Uno de sus peligros más sutiles es el poder que emana de sus iconos. Portar la vara de las capillas no es un acto trivial: es una proclamación. Como el anillo de Sauron, la vara seduce, hipnotiza, atrae. A veces, incluso, ciega. Quien la anhela corre el riesgo de tropezar, uno a uno, con los siete pecados capitales.

En medio de todo esto, las redes sociales actúan como caja de resonancia. No explican por sí solas el conflicto, pero lo magnifican y lo deforman. Basta que el Arco huela a elecciones para que la antigua Twitter se convierta en campo de batalla. En ese estercolero donde lo hiriente pesa más que el matiz y el linchamiento es moneda corriente, el debate sobre la hermandad se ha transformado en un espectáculo. Una velada de prensa morada, influencers y cuentas anónimas cofrades. El ring perfecto para el escarnio y la desproporción.

Las ideas de poder que formularon Foucault, Maquiavelo, Weber o Lukes se encarnan aquí de forma cotidiana. No en grandes discursos, sino en gestos, silencios, tuits. Porque en La Macarena, todo comunica: desde un pañuelo bordado hasta un voto en una urna, pasando por una cola que llega a Feria, ya sea en cabildo extraordinario o en besamanos de diciembre. Cuando la devoción se ve desplazada por la estrategia, algo esencial se cuartea.

¿Es este juego inevitable en estos tiempos? Seguramente. Lo que parece claro es que negarlo no lo hará desaparecer. La tormenta perfecta se venía gestando desde hacía tiempo: una junta dividida y exhausta, una oposición expectante, una restauración fallida que ha herido lo más íntimo del sentimiento macareno y un eco mediático que ha traspasado las murallas de la ciudad. El cóctel estaba servido. Solo faltaba la chispa.

Y esa chispa son las redes sociales, ese escenario donde la rapidez suplanta al juicio, la ocurrencia desbanca al respeto y la viralidad pisotea la verdad. En ese lugar, donde todo se sobredimensiona y nada se matiza, la entidad se ha visto reducida a un ruido continuo. A aparecer en las tendencias, y no precisamente por tuits positivos.

Sin embargo, tras el griterío, las pancartas y los dardos envenedados, permanece lo esencial: una Virgen herida en su estructura, pero invulnerable en el corazón de su barrio, donde la devoción ni se restaura, ni se humedece ni se fractura. Una hermandad que, si quiere volver a la senda del sentido común, tendrá que mirar de frente, sin cabildos retransmitidos al segundo, sin manifestaciones, sin pantallas y sin ambiciones desmedidas. Porque el peso de la vara dorada no es sólo honor: es, sobre todo, una responsabilidad.

Un comentario

  1. Reflexión que tienen que aplicarse todos los que se presenten como candidato a Hermano Mayor. Deben hacer un gran esfuerzo en examen de conciencia y decidir, ante todo, si seré capaz. Después saber elegir a unos miembros que cumplan con creces y con habilidad los menesteres de su cargo y poder ayudar a todos los demás compañeros. Y, por supuesto, con humildad saber gobernar una Hermandad. Pero, ojo, una Hermandad como la Macarena. Tendrán sus fallos como humanos, pero su formación como cristiano y culto debe de ser exquisita. Si no, dificilmente puedan ser la cabeza visible, el hombre representante, de aquellos que veneramos a un Señor Humilde y Sentenciado y a la Madre de Dios, Esperanza Nuestra.

    Cualquiera no vale. Esa vara pesa mucho.

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