La lágrima de María

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En nombre de Dios todopoderoso, a quien todo se debe y todo se consagra.

A la fecha presente, manuscribo este dominical no con mano en Lobera, sino con la temblorosa pluma del alma, pues he sido testigo de una lágrima caída de los cielos. No era agua, Rocío por la Calle Santiago, joya celestial nacida del dolor eterno de Nuestra Señora. Era una sola lágrima, y sin embargo portaba en sí todas los Dolores de las penas del mundo.

Y la vi descender por el rostro delicado de la Esperanza Macarena, temblando entre los jazmines de la madrugada. Era verde su manto y verde la esperanza que no cesa, mas aquella gota quebraba la noche como acero de misericordia y este Rey Santo se arrodilló.

Y en la Esperanza de Triana, aquella misma lágrima reposó en la orilla del Guadalquivir, entre redes de marineros y cánticos desgarrados. Ella miraba al río como madre que despide al hijo en el horizonte, y su lágrima se hizo sal que bendice las aguas.

Y no la vi contenido, con pena y dolor retenido en el Patrocinio donde la madre no derrama al ver ese eterno ultimo aliento de Triana.

Y pasó por el rostro de la Virgen de los Reyes, y fue entonces que la piedra de Sevilla se estremeció. Cada azulejo de esta ciudad besó su huella. Su llanto no era de derrota, sino de ternura invencible, como quien ama incluso en la ausencia.

Y la encontré después en la mejilla de la Amargura por San Juan de la Palma, y a la lumbre de un convento unicidad y ejemplar y supe que aquella lágrima era antigua como el mundo, pues nacía del silencio de todas las madres, de todos los Gólgotas, de todos los hijos que no regresan.

¡Oh lágrima sagrada! Tú, que no te evaporas como el agua, tú, que no caes por gravedad sino por compasión. Te vi nacer, mediadora de los cristianos y te vi partir en el Arco, y comprendí que Sevilla entera es tu relicario.

Y yo, Fernando, Rey y Santo, custodio de esta tierra conquistada no con furia sino con fe, declaro que mientras viva esa lágrima en nuestras calles, jamás nos faltará el consuelo del cielo.

Sean, superlativamente felices. En el atrevimiento, un ósculo.

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