Si bien en la septenaria pretérita, con el permiso docente de los dueños de la transmisión de la enseñanza echó este Rey Santo el cerrojo, hoy se permite el lujo literario de abrirlo sin mayor pretensión que de la de usarlo como metáfora de vida, de verdad verdadera y absoluta.
¡Infantes! Se echó el cerrojo en un pasado muy reciente y se abre un mundo de oportunidades para la felicidad y no se refiere este que manuscribe a lujosos y grandes fincas plenas de arena, sol y mar…
Llega ese periodo de la anualidad donde un paquete de pipas a la sombra de una pared catedralicia en horas que lo permitan, una tertulia y gozar de la simpleza de una esfera cremosa y helada de vuestro sabor favorito es debe ser motivo de gozo superlativo.
El portón de los sentimientos y las sensaciones abierto de par en par y un mundo único de color en la certeza plena que también de calor, se presenta y es fracción temporal de respirar, de inmiscuirse en la lectura deseada, en la aventura de otro y hacerla tuya, de los sueños de una noche de verano y que la madrugada te desee un hasta luego mientras se aprecian la claritas del día.
Tiempo sin tiempo, reloj sin manillas y sin manijero, cielo azul cielo, noche negra sin oscuridad, para brillar, para sentirle y vivirla y habitarla.
Bendito tesoro el de la juventud y se lo cuenta uno que aún conserva todas las características de la misma solo que con centurias cuantificadas por varias.
Sean felices, en plenitud, y hagan poso.
