De la multitud es sabido que cuando un individuo, contado como unicidad individual en cuerpo y alma, entra por la puerta de una casa salesiana comienza a tratar de manera diferente.
Dominical a la vigésimo sexta fecha del almanaque de María Auxiliadora en su quinto mes. Mes de las Flores, mes de María y siempre Auxilio de los Cristianos.
Domingo, como Santo Domingo Savio, el niño bueno del turinés más bonito que ha parido viente materno, espejo en el que cada alumno salesiano se ve reflejado al abrazar a Don Bosco a través de su palabra, de sus frases y enseñanzas y sempiternamente, con la estampita de su virgen en la mochila.
Solamente dos lunas han pasado desde que el cielo se tiñera de tonalidades celestes y rosas y se ondeasen banderas de felicidad. Todos esos pequeños infantes y adolescentes aún no poseen la certeza plena de que ondearan dicha nacerá en cada uno de sus días con el orgullo de sentirse salesiano. Las anualidades pasan, la sabiduría se equilibra con la locura y el arraigo, y aunque en la ligera distancia, los metros son mínimos cada último día de mensualidad primigenia en la celebración de Don Bosco y sobre todo, cada veinticuatro de mayo y todos, sin excepción que confirme la reglamentación no escrita, tararea a la perfección ese himno, Rendidos a Tus Plantas.
Y aún no culmina el éxtasis, en el venidero fin de septenaria, La casa salesiana de La Trinidad volverá a presumir sonriente de su virgen bonita, su virgen chiquita, la de Don Bosco, la que iba para Barcelona y se quedó en Sevilla para siempre, la primigenia coronada canónicamente a extramuros catedralicios.
Y sí, no titubeen, ser que habita entre las paredes inmensas de esos patios con soportales, ser que sonríe de manera diferente y es que la palabra de Don Bosco, los actos de esa congregación y ese ambiente singular, hacen de cada salesiano, alguien muy especial.
Sean felices.
