Cuando el sueño llega, las horas se marchitan del constante deambular del minutero en su circular paseo y se ve imposibilitado para tal hazaña.
Los pensamientos invaden a traición, las horas se descuelgan, los segundos se convierten en eternidad.
Suenan campanas de guerra en mi cabezota, cuasi caen corona al suelo y aun retumban sus repiques allá cuando el día va tomando su color y su forma.
Hoy solo les hablo de desvelos, sin velos, sin anhelos. Instantes, fracciones temporales que nos alejan de la placidez de una nocturnidad.
Y mi causa eres tú, Sevilla, y tus hijos, súbditos en su totalidad de este Rey Santo y los desvaríos que nos alejan de lo que un día fue un reino envidiado, copiado con errores y que hoy se desvanece en debates vacíos, sin mayor soporte que el de la procrastinación.
La cohorte se diluye y el disolvente no es más que el cauce de un río que salvó el deportivo, no recibe su valor, su importancia y gallardía, donde el soluto somos todos y los motivos tan banales y triviales como la duración de una feria o el azar de un paso de Cristo.
¿Realmente Sevilla no posee problemas de mayor cuantía? Si fuera a fuese así, ¡albricias!, algarabía plena. Pero negatividad ante tal cuestión.
El reino pierde la química con aquello que nos hizo especiales, diferentes y únicos para dar paso a lo común, que puede no ser vulgar, aunque comienza a alcanzar esos derroteros.
El frescor de la mañana alcanza mi urna entreabierta y estos desvelos ganaron la batalla al sueño. Mi dicha es que hoy tampoco tendré nada mejor que hacer y podré reposar mis enseres corpóreos en acristalado aposento.
Sean felices mientras puedan.
