Amor a las puertas

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Perdónenme la posibilidad de errar al leer la titulación de este dominical pero no posee tintes de Salvador, de Colegiata, ni de primigenio día santo y glorioso, anhelado por la cohorte. No.

Perdónenme por ello aunque no sea la última ocasión en la que lo haga ya que la superlativa proximidad hace que los tic se confundan con los tac, que los ritmos se aceleren.

Perdónenme, perdonen a este Rey Santo, fiel enamorado, agradecido a Cupido por la saeteada lanza clavada de lleno en el motor de sentimientos de este que manuscribe. Flechazo se promulga por los mentideros y plazuelas del reino.

Perdónenme pero a la fecha siguiente, le dedicamos el día a San Valentín, un sacerdote bueno, sabedor del bien que hacía, luchando en la sombra por el amor, saltimbanqui de normas, leyes y gobiernos absurdos.

Heme aquende, centurias a posteriori, con las terminaciones nerviosas vibrantes y con los ultimamos vocablos del pergamino aún por escribirle a mi amada. Ella lo sabe, yo lo sé y sabedores en la totalidad, no defenestro la casuística eventualidad de exaltar a la terna de vendavales mi amor incondicional, puro y más verdadero por Ella, Sevilla.

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