Lo mostrado, lo vivido, lo sentido, las deshoras…

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Por Juan Caravaca.

Que la Semana Santa tiene su origen y fundamento en la tradición católica es algo conocido por todos, como también lo es que el pueblo la ha hecho suya hasta el punto que ha vertebrado la vida de la ciudad en torno a sus hermandades y cofradías, siendo la mayoría de los sevillanos hermanos de alguna corporación, o cuanto menos devoto de algunas de sus imágenes. La pertenencia a una hermandad viene determinada en muchos casos como una tradición familiar, así la propia vida e historia de las familias quedan ligadas a la hermandad, constituyendo las vivencias en la cofradía un acto de memoria y recuerdo hacia nuestros antecesores. Pero no solo la familiar es vía de acceso a una hermandad, sino nuestra vinculación a ellas por cercanía con amigos o por la propia devoción que tengamos hacia sus titulares que, siendo como son asociaciones donde se tributa culto a Dios posiblemente sea de los motivos más de peso para pertenecer a ellas.

La Semana Santa es todo un espectáculo en sí misma. Hecha por el pueblo y para el pueblo interpreta en clave de sentimiento todo aquello que celebramos desde la óptica religiosa y lo convierte en algo único que engloba en su todo las más variopintas artes visuales, sonoras, olfativas y hasta gustativas que habremos de interpretar desde la doble perspectiva de una gastronomía propia y una exquisitez en los modos y las formas de hacer. Todo ello constituye lo mostrado, lo que el propio y el visitante encuentra cuando interviene en esta explosión de júbilo popular, porque la semana santa si bien hemos apuntado que es un espectáculo pro todo cuanto engloba, no se trata de ninguna representación donde unos interpretan y otros son espectadores del evento, aquí todos somos actores en primera persona y entre todos construimos esta manifestación de la fe, del sentir, del querer, de la propia vida del pueblo. En esta manifestación del alma de la ciudad, cada hermandad tiene su particular “puesta en escena” fruto, imagen y espejo de su historia, personalidad y reflejo de la vida interior de la misma con sus hermanos, y es aquí donde cada uno puede forjarse su idea de cómo es cada corporación.

Tras este primer conocimiento, bien por la pertenencia a la hermandad particular, bien a través de acercamientos por amistades o conocidos, o bien por casualidades de la propia vida en mi caso también cantando en los cultos de muchas de ellas, podemos acceder a la vida interior de la corporación conocer su forma de actuar puertas adentro, su forma de celebrar los cultos (que curioso que siendo la celebración de la eucaristía un rito común a todos los católicos en cada hermandad sabe darle ese toque personal que las diferencia unas de otras), conocer sus gentes, sus modos, su acogida… y es entonces cuando a través de los vivido cambia nuestra percepción de dicha hermandad pasa a formar parte de la nómina de nuestro corazón. Porque, independientemente de la devoción que puedan inspirarnos cada una de las imágenes sagradas, nuestro sentimiento hacia dicha hermandad queda condicionado por la experiencia real vivida en su seno.

Y es entonces, a partir de esta experiencia vivida, recibimos de forma diferente a la hermandad cuando acudimos a su encuentro en su estación de penitencia. Porque no es solo la imagen singular que proyecta la cofradía en su discurrir sino lo sentido por cada uno al evocar lo que hemos vivido en su interior con sus hermanos. Si una calle en Semana Santa trae a cada uno la memoria concreta de una hermandad determinada según las emociones vividas al paso de sus sagrados titulares, como es en mi caso particular el Cachorro por O’donnell, cuando una hermandad pertenece a la nómina del corazón solo el discurrir por las calles aledañas de su barrio ya nos manifiesta ese pellizco en el alma que nos une a dicha hermandad, aunque estemos en el mes de agosto, como es mi caso particular en mi barrio de San Pablo o simplemente en las cercanías del Tiro de Línea por citar algún ejemplo.

Este año no tenemos pasos, seguiremos sin vestir la túnica y añoraremos ese abrazo cuando de nazarenos entramos en nuestras capillas para la estación penitencial. Tenemos altares extraordinarios (en su doble acepción), exposiciones y muestras que intentan llenar ese vacío de la ausencia de cortejos en la calle. Al igual que esos anuncios que vemos en las parroquias antiguas “por aquí se administran los santos sacramentos a deshoras”, siento esta semana santa como una semana santa de deshoras… al igual que se colocan azulejos de los titulares en las fachadas de los templos para facilitar la oración cuando están cerrados… al igual que cuando acudimos a esa intima visita al Señor cuando la iglesia está recién abierta y estamos solos en su interior en intima comunicación con Él… como lo sentimos en la cercanía de las estampas que guardamos en nuestras carteras, mesitas de noche, o ese lugar privilegiado que le reservamos en nuestras casas… como le siente un nazareno de ruan en la soledad del interior de la túnica aunque vaya en el cortejo con sus hermanos pero sin volver la cara para no alterar la compostura y que nos priva de la contemplación de su imagen pero que marca ese recogimiento interior que solo cada uno puede saber cómo es… incluso en esa otra deshora del parón de una cofradía de capa en la que se experimenta la alegría de compartir el amor por tu Cristo o por tu Virgen repartiendo a los niños medallitas y caramelos que les haga más llevadera la espera… deshoras fueron los viacrucis en streaming vividos desde el confinamiento pandémico… y por supuesto nuestras deshoras este año la conformarán las medidas de seguridad y aforos permitidos en nuestro acceso a los templos…

Vivamos, participemos, celebremos, compartamos con nuestros hermanos lo que perdimos el año pasado. No tendremos procesiones pero tenemos a Cristo y a la Virgen que nos esperan con o sin altares extraordinarios, tenemos a nuestros hermanos, con los que podemos asistir este año a nuestros viacrucis del día de la salida, y sobre todo tenemos nuestro sentimiento interior, ese que nos une a la hermandad, seamos o no hermanos, porque pertenece a nuestra nómina del corazón.

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