El último palio

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Recuerdo perfectamente el comentario que escuché hace justo un año a un turista, uno de esos que teníamos a montones por el centro de Sevilla antes de que no hubiera más centro de todo que el coronavirus. El joven en cuestión contemplaba con sorpresa cómo un paso de palio discurría bajo el alumbrado navideño, con su cortejo y su banda de música, en pleno diciembre. “¿Semana Santa en Navidad? Is this possible?” Of course it’s possible, my friend. En la ciudad de la Giralda nos habíamos habituado a tener pasos en cualquier época del año, ya fueran cofradías de penitencia, glorias, sacramentales o de carácter extraordinario. Por eso el varapalo de 2020 ha sido el doble de duro.

Cuando en marzo se suspendieron todas las estaciones de penitencia, poco después de que la pandemia se hiciera verdaderamente palpable en nuestras vidas, no podíamos imaginar aún la dimensión real de una crisis sanitaria que iba a dejar un año entero en blanco para las procesiones. Fantaseábamos con aplazamientos a septiembre y con un otoño plagado de extraordinarias. Y, evidentemente, no queríamos ni plantearnos siquiera dos primaveras seguidas sin nazarenos. La realidad nos puso en nuestro sitio. Sin embargo, a pesar de que en un primer momento se nos cayó el mundo a los pies, poco a poco hemos aprendido a convivir con ello —aunque, en más de un caso, la pasividad y la falta de alternativas ante una situación que todavía nos va a acompañar durante un tiempo dan bastante que pensar.

Hace un año disfrutábamos del movimiento de las bambalinas de un palio por última vez. Al menos por el momento. Los debates de entonces nos parecen hoy más irrisorios que nunca: si el recorrido era o no apropiado para una procesión extraordinaria, si el repertorio estaba a la altura… o cuál de sus dos magníficos mantos —uno de ellos restaurado para la ocasión— le sentaba mejor a la Virgen de la Encarnación.

Las multitudes de aquel 15 de diciembre en torno al paso, sin mascarillas ni distancia de seguridad, se antojan ahora imposibles y son el reflejo de un luminoso pasado al que no sabemos a ciencia cierta si podremos volver, aunque lo deseamos con todas nuestras fuerzas. ¿Recuerdan cuánto disfrutaron aquel fin de semana? ¿Vieron la marabunta de fotógrafos, profesionales y aficionados, intentando captar la (manida) instantánea del paso entre los Caños de Carmona? ¿Asistieron a la visita a las Hermanitas de los Pobres, poco antes de la recogida, mientras la banda del Cristo de la Sangre interpretaba ‘Pasan los Campanilleros’?

Retengamos el recuerdo de aquel último palio en lo más profundo de nuestro ser. En algún momento todo nos sabrá, como dijo Barbeito, a la alegría del reencuentro. Puede que aún falte bastante para que volvamos a ver pasos en la calle. Hasta entonces, nos queda algo que la pandemia no podrá quitarnos: la memoria.

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