Por soñar, soñé

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En una eventualidad, este Rey Santo se atrevió entre placenteros rangos horarios a soñar y se situaba a la vera del Mismísimo Creador. Al oído, a modo de vendaval de ilusiones le susurré mi fantasía más anhelada sin mayor finalidad que la de compartir una que hacía perder el adormecimiento.

Con una pincelada risueña sobre su imponente faz y de medio reojillo oteaba a este Rey en su demencia. Postrado sempiternamente ante el Altísimo versaba cual amigo en barra de tasca y entre rumores y bisbiseos le describía un viaje a lomos de mi fiel rocín, por el desértico terrenal perdido hasta que oteé un oasis fantasioso que emanaba color, calor y vida. Secuencia eterna de colorido y alegría donde los infantes se mostraban con felicidad plena; donde los mayores lucían erosiones cutáneas de lo gozado, enorgullecidos por lo vivido y por lo dejado; donde se izaba la hembra más Bella jamás imaginada.

El oasis, le exclamaba silenciosamente, era un paraíso muy dulce donde florecían chucherías de entre muros y fluían riachuelos edulcorados de manantiales de perfección. Entre medias, una eterna demostración de poder en forma de caudal histórico de donde emanaban los grandes genios del lugar, de un lugar, de mi lugar… lugar, oasis, paraíso o reino perfecto para un Rey que caza sueños sin necesidad de llamarlos.

Siglos después desperté con una carcajada que sobrevolaba mi cerebelo; era la misma faz, era Él que versaba: “Fernando, ahí tienes tu soñado Oasis” y la historia la llama Sevilla.

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