Gracias Señor

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En aquella tarde de cielo gris plomizo, cuando unas finas gotas de agua cayeron sobre mi ventana, me vi sorprendido por la llamada que acababa de recibir.

No me podía creer lo que me estaba diciendo: “Tengo una enfermedad y los médicos no dan con lo que es. Me tienen que hacer más pruebas… No me encuentro bien en estos momentos…”. Estas palabras retumbaron una y otra vez en mi cabeza, con una sensación de tristeza, de rabia, de impotencia que abarcaba desde lo más profundo de mi alma. Fue entonces cuando me acordé de Él y de su infinita misericordia: “Señor, necesito veros, hablar para poder dar una solución a este desasosiego”.

Al día siguiente fui en su busca. Era una apacible mañana soleada, con el suelo aún húmedo tras la lluvia acaecida la noche anterior. Después de adentrarme por las callejuelas de la feligresía de Santa Catalina, San Juan de la Palma y San Martín, transitar por la Alameda y pasar por Conde Barajas, atisbé a pocos metros la escultura de su insigne imaginero: “Ya estoy en vuestra casa Señor, como os prometí”.

Al cruzar el dintel de su basílica, pude contemplarlo en su altar como de costumbre, a la derecha de su bendita Madre, con su túnica violácea, madero a cuestas y áspid verdosa clavada en su sien, acentuando aún más si cabe la aflicción y la angustia del Hijo de Dios camino del monte Calvario. Sin pensarlo, accedí a su camarín y pude estar más cerca que nunca de su magnánima presencia. Acaricié su talón derecho levantado de la peana y le rogué: “Ayúdala Señor, ayúdala. Ella necesita de vuestro infinito poder en estos momentos”.

Tras besar su piel divina, bajé por las escaleras y me encaminé hacia los bancos del templo. De pronto un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Alcé la vista y allí estaba: Era Dios postrando su dulce mirada ante mi humilde presencia. Una lágrima recorrió mi mejilla derecha en aquel momento y solo pude rezarle de nuevo: “No quiero dudar de vuestra sabiduría, pero no creo que ella merezca esta piedra en el camino que la vida le ha puesto. Es joven y aún tiene toda una vida por delante… Sálvala Señor, os lo pido, confío en Vos”.

Meses más tarde, recibí la noticia que tanto ansiaba: “Tengo los resultados de las pruebas, y los médicos no daban crédito. Han descartado que tuviera algo grave… Es como un milagro…”. Solo podré agradeceros una y mil veces haber intercedido por ella: “Gracias Señor, gracias”.

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